José Molina: Doctorados de cartón
En los últimos años, los doctorados (PhD) se han expandido de manera masiva y, en opinión del autor, algo irresponsable
Debo empezar con una aclaración: esta columna no está dirigida para los que han estudiado un PhD con el rigor académico del caso, sino para los infames que se jactan de tener este título luego de haber pasado su tarjeta de crédito y haber ido a hacer teatro recibiendo el título. Uno nota quién corresponde a cuál.
En los últimos años, se ha producido una expansión de doctorados (PhD), impulsada por el ideal de masificar indiscriminada -y hasta creo yo- irresponsablemente este altísimo título académico. Sin embargo, esta proliferación plantea una pregunta: ¿estamos priorizando la cantidad sobre la calidad? La facilidad con la que hoy se ofertan programas doctorales -hasta virtuales- contrasta con la exigencia académica que ha caracterizado a este nivel de formación.
Un doctorado no es simplemente un grado más, sino la formación de investigadores capaces de generar conocimiento relevante. No obstante, muchos doctorados hoy en día aparecen debajo de las piedras, con escasa interacción académica. En redes sociales se ofrecen doctorados por $ 145 al mes -creo que bastantes lo han pagado-. El resultado es preocupante: titulados con doctorados en universidades de garaje y con nulas capacidades de escribir un párrafo (lo he visto).
El problema radica en su afán por captar más estudiantes. Lo más nefasto de esto es que haya casas de estudios que se presten para este nivel de bodrio. Este fenómeno se ve agravado por “procesos de certificación” de las universidades que, lejos de garantizar estándares, pueden convertirse en meros sellos que validan la existencia del programa, pero no su excelencia. Por eso, me causa desazón que ahora las universidades persiguen cartones y no perfiles. Estas deben asumir una postura crítica frente a estas dinámicas. No basta con acumular doctorados en su portafolio; es imprescindible asegurar que cada uno responda a criterios estrictos de investigación y producción académica, además de averiguar dónde y cómo se los obtuvo. De lo contrario, el riesgo es doble: por un lado, se devalúa el significado del doctorado como máximo grado académico; y por otro, se compromete la confianza en las instituciones de educación superior.
La expansión no debe ser sinónimo de deterioro, porque al final, un doctorado no debería medirse por cuántos se ofrecen, sino por el conocimiento que realmente aportan.