Algo huele a podrido en el país

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Algo huele a podrido en el país

Iza y sus oficiales se comportan en las regiones que controlan (sí, controlan como las guerrillas o los paramilitares en ciertas zonas de Colombia), como una fuerza de ocupación’.

Tregua, zonas de paz, corredores humanitarios, salvoconductos… ¿Ecuador está en guerra? ¿Y cuál es el ejército invasor? Los autores del paro declarado, supuestamente para mejorar las condiciones de vida de los más pobres, están usando esas figuras que se encuentran en los manuales humanitarios de la comunidad internacional. De hecho, Leonidas Iza pidió el domingo pasado que la Cruz Roja supervise los corredores humanitarios que él y sus amigos autorizaron para que llegue gas a Cuenca y también oxígeno a sus hospitales.

Leonidas Iza usa ese lenguaje propio de conflictos bélicos. Él asume, entonces, que libra una guerra. Que él es una suerte de comandante en jefe. Que hay zonas de paz y zonas de guerra. Que hay víctimas directas y colaterales. Que abrir un corredor humanitario es normal y que, además, es un gesto que depende de su entera voluntad. O de la voluntad de los suyos en el país. Que bien podría, como pide absurdamente la Iglesia católica, acordar una tregua, en vez de exigirle que se siente a dialogar.

Él asume que puede hacer excepciones y que, en ese caso, requieren un salvoconducto y que otorgarlo es potestad suya. O de su gente en las regiones. Que hay cosas, como las flores que, eventualmente, pueden ir al aeropuerto si se le antoja y eso mediante una coima, cuyo monto ellos fijan. Que ellos pueden atacar policías y militares, seguros de poder hacerles daño sin exponerse demasiado porque la violencia suya es legítima y la del Estado es criminal.

Esos privilegios y muchos otros son propios de un ejército invasor. Pues bien: Iza y sus oficiales se comportan en las regiones que controlan (sí, controlan como las guerrillas o los paramilitares en ciertas zonas de Colombia), como una fuerza de ocupación. Invaden lo que encuentran a su paso, violentan personas y bienes, cortan servicios, cierran comercios, impiden trabajar o movilizarse.

Ellos actúan siguiendo tácticas y protocolos enteramente militares. No hay cómo dudar de que han examinado mapas y programado las operaciones. Saben perfectamente qué puntos ocupar, qué rutas cortar, qué intersecciones bloquear. Todo está planificado para inmovilizar a la población, desabastecer las ciudades, poner de rodillas al Gobierno. Lo hacen usando técnicas guerrilleras, combinando sus acciones violentas con las de grupos urbanos que son, en realidad, células guerrilleras en estado de germinación.

Ellos acumulan delitos a su paso seguros de que las organizaciones de derechos humanos los protegerán. Y sí, los solapan. No ven sus actos violentos y, en casos, abiertamente terroristas. Los justifican por venir de un sector pobre. Irresponsables: no saben el daño que hacen a esos campesinos que están siendo usados como fuerza de choque. Esos abogados del terrorismo popular no miden el daño que hacen a la causa indígena. Ellos hacen parte de ese ejército mamerto que levanta un verdadero muro de Berlín entre esas comunidades y la sociedad en general.

En la realidad, esos campesinos pobres, sacados de las comunidades y convertidos por unos días en delincuentes, son las víctimas de los nuevos factores de poder en el país: el correísmo golpista y delincuencial, los mineros ilegales, el narcotráfico y sus operadores: los narcopolíticos. Eso explica por qué el país está bajo la férula de la violencia y por qué los amigos de Iza amenazan físicamente hoy a sus asambleístas para que hagan bulto con los correístas y destituyan al presidente Lasso.

Junio-2022 será recordado por dos cosas: el ingreso definitivo de la narcopolítica en la protesta social. Y la evidencia irremediable de un Estado inerme.