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Otro diálogo, ¿otro ‘bluff’, presidente?

El diálogo en este gobierno se parece mucho a la fábula del pastorcito mentiroso.

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Otro diálogo, ¿otro ‘bluff’, presidente?

El diálogo en este gobierno se parece mucho a la fábula del pastorcito mentiroso. El gobierno lo ha esgrimido, promocionado y manoseado tanto y lo ha practicado tan mal, que ahora que lo necesita, en forma urgente y desesperada, nadie sabe si le resultará. El presidente lo volvió a anunciar a su retorno de Estados Unidos. Por obvia razón: requiere consensos para viabilizar el acuerdo comercial con Estados Unidos; principal promesa obtenida durante su encuentro con Donald Trump.

Otra vez, sin embargo, el gobierno pone mal la mesa: vuelve a hablar de diálogo como un recurso etéreo, sin agenda, sin mecanismos concretos, sin escenario, sin plazo y sin líder. Hace lo mismo que ha hecho y que no le ha resultado. El diálogo lo entiende como sesiones de lluvia de ideas en las cuales participan muchas personas de muchas organizaciones. No lo encamina a un resultado concreto y mesurable. Lo programa para detectar problemas sobrediagnosticados o ejes de trabajo conocidos. Y para programar acciones futuras como si el gobierno dispusiera de tiempo. Y como si esos acuerdos no tuvieran que convertirse en políticas públicas o aterrizar en textos de proyectos de ley.

Todo eso explica por qué Otto Sonnenholzner puede anunciar que ha obtenido una retahíla de acuerdos. Y, al mismo tiempo, no puede explicar por qué ni discutió con el país y las comunidades indígenas la subida de los combustibles. El vicepresidente luce orgulloso de su labor como si nada tuviera que ver con octubre.

Él ha sido tan exitoso en su tarea de lograr acuerdos nacionales, como lo fue Paúl Granda en la de posibilitar diálogos nacionales. Los dos agitaron el viento y los dos salieron en los medios de comunicación. Y, claro, los dos han dado la oportunidad al presidente de decir que le sobra voluntad de diálogo con todos, en particular con los representantes de los sectores sociales, empresariales, rurales y urbanos, sin distingos de credos ideológicos. Pero con él, el país no ha probado, tras el paso por el desierto que significó el correísmo, ser capaz de ponerse de acuerdo ni sobre uno de los grandes problemas que lo aquejan. Moreno no lo puso en esa senda que parecía ser la única posible en su condición política. No lo intentó. No entendió que esa pedagogía es tan necesaria como inédita en el país.

La historia le vuelve a ofrecer otra oportunidad. Y otra vez habla de un diálogo como de un ejercicio que se puede dar por generación espontánea. Sin un plan. Sin objetivos concretos, acotados, anunciados. Sin una convocatoria. Sin un mecanismo declarado. Sin una agenda definida. Sin protagonistas comprometidos ante la opinión nacional. Y sobre todo sin un liderazgo que no puede ser otro que el suyo, como presidente de la República.

Si quiere sacar adelante un acuerdo comercial con Estados Unidos, Moreno tiene que tomarlo como bandera. Lo tiene que explicar al país. Tiene que decirle cuáles son sus beneficios, qué ventanas de oportunidad abre, qué encadenamientos virtuosos propicia y, claro también, qué riesgos conlleva. Si lo explica, si convence, esa opinión presionará a los actores políticos para que sean voceros del acuerdo y lo defiendan por encima de las tentaciones populistas. Lo que no puede hacer el gobierno es hablar de diálogo y luego exhibir estadísticas de gente y organizaciones que asistieron… Pero ningún resultado tangible para el país.

¿El presidente quiere diálogo? Es una buena noticia. ¿Cuáles son los objetivos? ¿Qué días, dónde, con quiénes? ¿Cuál es la agenda? ¿Lo liderará él?