Columnas

Correa y X. Lasso dan pánico

Dan pánico. Y tristeza. Son personas que no eran lo que son. Y que el poder cambió. Para siempre.

La entrevista que hizo Xavier Lasso el 27 de enero a Rafael Correa es de terror. La hizo en su programa Palabra Suelta y dura 77 minutos. Es de terror por la forma como los dos -militante y líder- tratan la memoria, manejan el quehacer político, se sitúan en la contienda electoral y hablan de lo que harán (así en plural) si los electores vuelven a llevar el correísmo al poder.

Los políticos son seres encadenados a la historia y a su pasado. A él regresan para cotejar estrategias, revisar alianzas y comparar resultados. Regresan para decantar y aprender. Correa y Xavier Lasso no hacen eso: miran el pasado con aire nostálgico. Como suelen hacerlo los guardianes del templo. No repasan el pasado como realmente fue. Los dos regresan sobre sus pasos gobernados por la alucinación creada por su propio aparato de propaganda. No cometieron, para decirlo sin estridencia, errores. No hubo elefantes blancos. Ni un terreno aplanado por 1.200 millones de dólares donde Jorge Glas veía una refinería. No hablan de los 2.500 millones de dólares que, según la ONU, hubo de sobreprecio en 5 proyectos. Ni del endeudamiento secreto, lesivo y voluminoso y con la China. No hubo corrupción. Ni perseguidos. Ni fueron victimarios.

¿De qué hablan? De lo bien que lo hicieron. De cómo no se quedaron más tiempo en el poder. 25 años dice Xavier Lasso que tenían que haber cumplido, evocando el modelo coreano, pero políticamente inspirado en el castrismo que lleva seis décadas en el poder. Hablan de la prensa. De esa sembradora de odio. De esa defensora burguesa del ‘statu quo’.

Y Xavier Lasso pregunta cómo podría reformar la Ley de Comunicación para esta vez sí aplicarla. Y Correa, abusando de la ignorancia de su interlocutor o de su silencio cómplice, aprovecha para tratar de hacer creer que en Europa el periodismo es tan modosito que hasta existe el derecho a la privacidad. Adrede confunde que no se pueda publicar una fotografía de un ciudadano sin su autorización con la labor inclaudicable que hace el periodismo europeo serio ante el poder político. ¿De qué prensa habla Correa? ¿Habrá leído Le Monde, conocerá el humor satírico del Carnard Enchaîné o la desenvoltura abrasiva de Charlie Hebdo? ¿Habla de la prensa inglesa, The Independent, por ejemplo? ¿Habrá leído el diario La Repubblica o las revistas Panorama y L´Expresso en Italia?

Correa pasea su suficiencia insulsa ante su devoto como si los demócratas que se oponen a sus sueños de emperador eterno fueran tarados mentales. Lo hace porque en vez de interlocutores que le discutan, siempre busca admiradores, incondicionales. Gente que se extasía oyéndolo perorar, como si fuera una novedad, las nuevas versiones de lo que los fanáticos del autoritarismo y la dictadura roja han dicho desde que Vladimir illich Uliánov, Lenin, dividió el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia en 1903.

Correa (y por supuesto Xavier Lasso) no aprendieron. Como es habitual, Correa habla en plural para decir yo. Todo hicieron bien. Los corruptos son los otros. Los sapos son los otros. Los atrasapueblos son los otros. Ellos son los únicos que aman al país. Los únicos que piensan en los pobres. Los únicos honestos. Los únicos legítimos. Los líderes indispensables.

Xavier Lasso lo entrevista para darle cuerda. Para que no olvide. Para que confiese lo único que puede: que es una víctima. Y para esbozar con él la lista de aquellos de los que se piensan vengar: Moreno, Romo, Roldán, Fidel Egas… y la prensa. La prensa libre los obsesiona.

Dan pánico. Y tristeza. Son personas que no eran lo que son. Y que el poder cambió. Para siempre.