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Correa e Iza, la izquierda farsante

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Boric, Lula da Silva y Petro no luchan por dividir a sus países, como hace Correa, ni por incendiarlos y destruirlos, como hace Iza’.

Las comparaciones son tan odiosas como las asimilaciones. En política, sin embargo, se hacen: los políticos las hacen. Ahí están los casos de Rafael Correa y Leonidas Iza tratando de recuperar la imagen de Gabriel Boric, Lula da Silva y Gustavo Petro. Como si los representara. Como si los presidentes de Chile, Brasil y Colombia no fueran, precisamente en este momento, la negación del dogmatismo y del sectarismo que exhiben los supuestos íconos de la izquierda criolla. Ninguno de esos presidentes divide el mundo en buenos y malos. Y ninguno ve en Cuba, Venezuela o Nicaragua modelos para armar. O defender.

Al dogmatismo y maniqueísmo, el correísmo suma la apología de su gestión corrupta y, ahora, una defensa vergonzante del narcotráfico. El caso de Iza es políticamente más extremo. El presidente de la Conaie prepara -aunque el país ni lo vea ni lo crea- una revolución a la vieja usanza. Iza quiere, como se lee en su libro, devolver la máquina del tiempo. Pretende llevar al país allá donde nunca estuvieron los tres presidentes que encarnan, en los hechos, la nueva izquierda en esta parte del continente.

Petro podría ser, en ese caso, el presidente que por su perfil de exguerrillero más parecidos podría albergar con el proyecto leninista-mariateguista de Iza. Es una ilusión óptica, por supuesto. Petro fue del M-19 y, por su formación e historia, se mantuvo distante de la experiencia soviética. Su organización fue la primera en someterse a un proceso de paz en Colombia.

Gustavo Petro sí admite que un día estuvo en sus planes llegar a la presidencia de Colombia a la cabeza de un ejército popular y, quizá, vistiendo de verde oliva. Pero es consciente -y lo dijo a la revista Cambio en junio pasado- que aquello habría sido un desastre. Y explicó por qué de una confrontación violenta no puede salir un mundo mejor. De una victoria militar sale un derrotado militar y una sociedad partida, fraccionada durante generaciones. De una confrontación surge una imposición y ninguna imposición es democrática: las armas solo producen autócratas.

Hay que oír a Petro hablando de Nicaragua. De cómo hoy Daniel Ortega oprime y encarcela a aquellos que combatieron a Somoza. Oprime y encarcela a aquellos que fueron amigos de Petro. Al diario El País de España, el presidente colombiano dijo hace un mes que “aceptar la democracia liberal es parte de la agenda progresista en América Latina”. Y reveló que se lo dijo a Nicolás Maduro.

También dijo que su triunfo, el de Boric y el de Lula da Silva, “es el triunfo de grandes frentes democráticos”. Y que “rechazar la democracia liberal lleva hacia dictaduras y autoritarismos como se vienen presentando en algunos países de América Latina”. No puso nombres, pero el contexto no deja dudas de que hablaba de Cuba, Venezuela y Nicaragua. Los países que aún hoy son referentes para Correa e Iza.

Ahí está el espejo en el cual se pueden ver las izquierdas del país, en su casi totalidad. Por eso son izquierdas jurásicas que todavía hablan de guerra fría y de un mundo donde todo lo que no son ellos debe ser enterrado, como escribió Iza a Petro en junio. O debe desaparecer, como sueña recurrentemente Correa.

Boric, Lula da Silva y Petro no luchan por dividir a sus países, como hace Correa, ni por incendiarlos y destruirlos, como hace Iza. Quieren cambiarlos. Quieren regular y volver eficiente y democrático al capitalismo. Y han entendido que no pueden lograrlo aupando ideologías vetustas y siniestras.

Comparados con Boric, Lula da Silva y Petro, Correa e Iza son el pasado. Los presidentes quieren reinventar la izquierda; Correa e Iza repetirla como farsa.