Columnas

¿Por qué andamos en el desmadre?

Mientras la gran mayoría no crea que, para mejorar, se requiere una sociedad abierta y democrática, el destino del país seguirá siendo un albur.

Yaku Pérez luce atrapado en el telar que armó: entregó 27.767 actas y el Consejo Nacional Electoral, tras verificaciones ante sus delegados, calificó apenas 21 para ser examinadas y 10 para ser recontadas. Es un traspié para él que ahora decidió recurrir al Tribunal Contencioso Electoral. El candidato presidencial de Pachakutik y sus nuevos amigos, amigos a su vez de Álvaro Noboa, construyeron una narrativa, según la cual él ganó la primera vuelta, e instalados en ella siguen barajando cifras tan oficialmente antojadizas como absurdas.

Andrés Arauz y Guillermo Lasso también podrían tener problemas con las cifras. En los dos casos sumas y restas no ayudan a solventar lo que podría ocurrir en la segunda vuelta. Ejemplos: se podría decir, sucumbiendo a la tentación, que si el 68 % de electores no votó por Andrés Arauz, la posibilidad de que vuelva el correísmo está descartada. O decir que el candidato correísta tiene más probabilidades de ganar la segunda vuelta porque obtuvo, en la primera, casi 13 % de votos más de votos que Guillermo Lasso. O argüir que el correísmo seguramente perderá la elección presidencial porque su espacio político se ha reducido, como lo prueba el número de asambleístas elegidos: 100 en 2013, 74 en 2017 y ahora 48. Ni cifras fantasiosas ni estadísticas reales determinan lo que puede ocurrir en la segunda vuelta. Lo único cierto es que nada está dicho.

Si la política no es un juego de sumas y restas, en Ecuador tampoco es un fenómeno de péndulo o una actividad que dependa de valores. El país repite rara vez (Velasco Ibarra fue y volvió, y Rafael Correa impuso el récord de ser el presidente que más ha durado) y, en general, ensaya. Como si los políticos fueran servilletas desechables. Fruto de aquello, casi todos los partidos han estado en el poder: Roldosismo, socialcristianismo, socialdemocracia, Democracia Popular, bucaramismo, el FRA, Sociedad Patriótica, Alianza PAIS…

El país es camisetero. No solo eso: ni mide ni evalúa costos ni al parecer aprende. Ahora vuelve a estar entre dos modelos. Pero también eso es etéreo. La defensa de una sociedad abierta y de los valores democráticos no tiene, a priori, masa de defensores. La democracia sigue siendo en el país lo más parecido a una receta sofisticada para comensales ‘gourmet’. Y es fácil comprobarlo: cuando hay que explicar la democracia, recalcar sus bondades, insistir en sus diferencias con el autoritarismo, es porque la democracia no es un activo social. Peor en el caso de los más pobres. Lo que ella es, lo que pretende ser, sigue siendo una entelequia en la vida cotidiana de millones de personas. Para ellos sigue siendo una cátedra (que muchos están dispuestos a dictar), cuando debería ser una vivencia. Y si los pobres no la conocen, no la aquilatan y por supuesto no la defienden. Quizá eso explica por qué en los sondeos continentales, Ecuador figura entre los países en que sus ciudadanos no hacen mayor diferencia entre vivir en democracia o bajo un gobierno autoritario.

Ese desapego se entiende: la democracia es para sus fieles un discurso, no un estilo de vida. Y mientras no mejore el nivel de vida de la mayoría, los demócratas convencidos -que son minoría- verán cómo el populismo usa a los más pobres. El correísta Andrés Arauz no tiene incluso empacho en querer comprar su voto (mil dólares) con dinero del Banco Central. Es fácil decir, entonces, aunque sea real, que otra vez el país se debate entre dos modelos. Mientras la gran mayoría no crea que, para mejorar, se requiere una sociedad abierta y democrática, el destino del país seguirá siendo un albur.