Columnas

El futuro del poder global

"La vieja historia del ascenso y la caída de las grandes potencias se repite, escrita ahora por un virus. Ojalá este capítulo se desarrolle en forma pacífica".

Puede decirse que la pandemia de COVID-19 es la primera crisis verdaderamente global del siglo XXI. Los únicos paralelos históricos modernos son las guerras mundiales del siglo pasado. La adopción de programas de gobierno proteccionistas en todo el mundo provocó una caída generalizada del crecimiento económico, y entre el principio y fin de este período de conflicto constante y política del poder que va de 1914 a 1989, el mundo y la política internacional se transformaron por completo. Una crisis económica global de esta escala provocará grandes sacudidas geopolíticas. Aunque no es imposible que Estados Unidos, la superpotencia establecida, consiga aferrarse a su posición en la cima de la jerarquía internacional, la mayoría de indicios sugiere que China, la superpotencia emergente, prevalecerá e inaugurará el siglo de Asia oriental. El presidente estadounidense Donald Trump tiene todo en juego en la elección de noviembre. Tras su mala gestión de la pandemia y la aparición en su mandato de una crisis económica interna sin precedentes, necesita un chivo expiatorio, y China es la elección obvia. En una ofensiva contra China puede contar con amplio apoyo bipartidario. En la práctica la República Popular es un Estado autoritario (e incluso totalitario) bajo control exclusivo de un partido leninista. Ejerce espionaje económico y tecnológico a gran escala contra EE. UU., utiliza prácticas comerciales desleales, y mantiene una política de reclamos territoriales agresiva contra India, Taiwán y en el Mar de China Meridional. La persecución de minorías étnicas y religiosas en Xinjiang, el reciente intento de consolidar el control de Hong Kong y la mala respuesta inicial al brote de COVID-19 en Wuhan son ejemplos de lo poco que ha hecho el gobierno de China para inspirar confianza. Pero la insistencia del gobierno de Trump en tratar de renunciar al liderazgo global estadounidense plantea una duda fundamental respecto de su estrategia: ¿quiere liderar sin asumir responsabilidades? El desastroso fracaso de la administración Trump frente a la COVID-19 refuerza la impresión general de que EE. UU. es una superpotencia decadente, próxima a ser suplantada por una China estratégicamente hábil y económicamente dinámica. En el contexto de la confrontación sinoestadounidense, Europa se halla en la incómoda situación de estar atrapada entre dos fuerzas geopolíticas opuestas, y no recibe indicio alguno de las verdaderas intenciones de EE. UU. respecto de China. La alternativa para Occidente es apelar a la contención a largo plazo sobre la base de la rivalidad estratégica. Es la opción que más conviene a Europa. En un orden mundial liderado por China, Europa sería la perdedora. Incluso después de tres años de Trump, la relación de Europa con EE. UU. sigue siendo mucho más estrecha que cualquiera que pueda aspirar a conseguir con China. Pero China ya es demasiado grande, exitosa e importante para ignorarla. La realidad demanda cooperación. La clave es distinguir entre una relación estratégica con China y el sometimiento. Y para que sea posible mantener esa distinción crucial, es necesario que Europa no se vuelva dependiente del rival de Occidente ni en lo económico ni en lo tecnológico.