Spinoza en el parque México (II)

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Spinoza en el parque México (II)

Spinoza es un pensador nómada en el ritmo del sedentarismo de la filosofía moderna’.

“Quien controla el pasado controla el futuro; quien controla el presente controla el pasado”. Spinoza en el parque México es el recorrido intelectual de más de setenta y cinco años de la historia de México, América Latina y del mundo, que hace Enrique Krauze como historiador y biógrafo en diálogo con José María Lasalle. Pensador liberal, en Krauze es inseparable la condición de biógrafo y de historiador, donde a pesar de su modestia, la biografía no es la “hermana menor” de la historia sino su necesario contrapeso para no hacer una historia que se agote en la exaltación de héroes patrios y fechas sagradas, ni en “historia crítica” que privilegie rupturas y condene al pasado sino la que lo conozca como tal. O, como decía uno de los maestros de Krauze, Luis González y González, no quedarse en los revolucionarios sino en los revolucionados; es decir, dar sitio al azar, a lo individual, a lo contingente y no sacrificarlo en nombre de lo general.

La presencia de Spinoza con la que se cierra el libro, cuando Krauze evoca el ‘Tractatus theologico-político’, en pro de la libertad recorre las páginas del libro en su tarea, en México primero, en América Latina y en el mundo después, de oponerse a la barbarie y mantener la tolerancia y la libertad.

Precisamente, Spinoza es un pensador nómada en el ritmo del sedentarismo de la filosofía moderna. El filósofo sorprende que en un siglo como el XVII, que prepara la Ilustración, “la edad de la razón”, afirme: “la felicidad no es el premio de la virtud, sino la virtud misma; ni gozamos de ella porque refrenamos las concupiscencias, sino que, por el contrario, porque gozamos de ella, podemos refrenarlas”. O que cuestione, en su retórica cartesiana, la transparencia de la conciencia y el poder de las “pasiones tristes”. La consecuencia es clara: Spinoza no tiene un lugar en esa historia ordenada y sistemática, al abrigo de nómadas que puedan romper la armonía de la razón. Por eso la posibilidad de creer encontrar en él aparentes contradicciones entre libertad y tolerancia, idea y afecto, cuidado extremo de sí mismo en soledad y atención a las grandezas y mezquindades de los hombres. Por eso es sello de familia para Krauze.