Columnas

Reflexiones sobre el presente

"Los acelerados saltos civilizatorios de los que somos a la vez protagonistas y pacientes se saldan, en último término, con la derrota de las amenazas que más han perturbado a las sociedades desde sus orígenes: la muerte y las enfermedades"

En uno de los últimos artículos de Yuval Harari, publicado en La Vanguardia de Barcelona, el historiador y filósofo israelita hace un balance del presente después de más de un año de vivir azotados por la pandemia: “…Sin embargo, la humanidad sí que dispone hoy de los conocimientos y las herramientas necesarios para evitar que un nuevo patógeno se propague y se convierta en pandemia. Si, a pesar de todo, la COVID-19 sigue propagándose y matando a millones de personas en 2021, o si una pandemia aún más mortífera golpea la humanidad en 2030, no será una calamidad natural incontrolable ni un castigo de Dios. Será un fracaso humano y, más concretamente un fracaso político”.

A lo largo de su reflexión sobre el vertiginoso cambio de vida que nos ha tocado vivir desde finales del siglo XX hasta antes de la pandemia, Harari ha mantenido un optimismo basado en el poder de la ciencia y de la tecnología. Los acelerados saltos civilizatorios de los que somos a la vez protagonistas y pacientes se saldan, en último término, con la derrota de las amenazas que más han perturbado a las sociedades desde sus orígenes: la muerte y las enfermedades. Gracias a la tecnología, escribía en Lecciones para el siglo XXI, la esperanza de vida ha aumentado en más de un 50 % y no estaría lejano el día en podríamos bordear algo cercano a la inmortalidad.

Hasta que llegó la pandemia y en el primer momento la ciencia y la tecnología parecieron ser las derrotadas. Sin embargo, su balance es que pandemias como las que estamos sufriendo son un reto manejable y no son más consecuencia de fuerzas incontroladas de la naturaleza.

El fracaso ante la pandemia es humano. ¿Sigue siendo el antiguo problema del bien y del mal, del sufrimiento de los justos, de la muerte de inocentes, que aparecía ya en el siglo VIII A.C. en el canto XXIV de la Ilíada? Ahí, Aquiles consolaba al padre de Héctor, que le pedía el cadáver de su hijo: “De nada valen las quejas que hielan los corazones, ya que tal es la suerte que los dioses han tejido para los pobres mortales”.