Columnas

Entre Escila y Caribdis

Se ha perdido el sentido común. La dura realidad que vivimos exige un recomienzo radical en todos los sentidos.

El título es clásico pero su actualidad por desgracia punzante.

La expresión se refiere a la dramática situación de los navegantes que en medio de un mar embravecido, en un canal angosto, tienen que pasar, evadiendo a dos monstruos marinos que se encontraban cada uno en la orilla opuesta. Alejarse del uno, acercaba peligrosamente al otro. Y viceversa.

La semana que acaba de terminar ha mostrado, entre nosotros, la fiereza del primero de los dos monstruos, el Covid-19. El segundo, la crisis económica, producto de la paralización de casi todas las actividades del país, se empieza a sentir. Y será más fuerte sino se produce un cambio radical en el modelo económico y en la mentalidad y costumbres con las que hemos vivido en largas décadas.

Algo es claro: la salida sanitaria de la pandemia no es a corto plazo y tendremos que enseñar y enseñarnos a vivir desde una nueva situación: la de la austeridad. Mientras más se prolongue la cuarentena, más difícil será reanimarse económicamente.

Nuestra sociedad ha estado acostumbrada a vivir en un “quemeimportismo” agresivo con respecto al prójimo y una cultura donde la excepción es la norma y no al revés.

Es la mentalidad de quienes proclaman “no sabes con quién te estás metiendo”; de los que pierden toda perspectiva en las redes sociales; de los que exigen que los demás cumplan las normas mientras ellos las eluden con groseros sofismas. Hay que volver a pensar detenidamente antes de hablar, elegir cuidadosamente las palabras que se usan, no hablar tanto ni peor arengar, dejar al ego insufrible e intolerante en cuarentena.

El país se ha asfixiado en un laberinto de garantías y de derechos. No han servido para mucho en esta pandemia.

Se ha perdido el sentido común. La dura realidad que vivimos exige un recomienzo radical en todos los sentidos.

Hay que respetar a las personas por lo que son, no por lo que dicen ser.

Más humildad, menos retórica barata. Más sencillez, menos poses ni lugares comunes.