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Joaquín Hernández: Lecciones venezolanas

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La discusión sobre la ruptura del derecho internacional y la violación a la soberanía nacional es intrascendente

La primera lección es amarga, pero justa. Se refiere a la cantidad de fracasos que fueron haciendo de Venezuela un Estado fallido y a su democracia incapaz de salvarse a sí misma. Se intentó de todo para salir de la tiranía de los dictadores a la convivencia igualitaria y libre de los ciudadanos. Procesos eleccionarios, sanciones económicas y jurídicas, aislamiento, gestiones internacionales, condenas públicas, manifestaciones y protestas que fueron acalladas a sangre y fuego, torturas escalofriantes a valientes que fueron capturados, hogares destruidos, exilio de ocho millones de habitantes. No quedó nada por hacer. Fracaso del multilateralismo: ante advertencias de la OEA de sancionar a Venezuela, el régimen presentó su salida de esa organización. 

La Corte Penal Internacional nunca llevó adelante el juicio contra la dictadura venezolana. En estas condiciones, lo único que podría romper la dictadura era un acontecimiento como el del 3 de enero, en que Maduro fue sorprendido y capturado en ataque relámpago, admirablemente coordinado por las fuerzas armadas de EE.UU., en conjunción con la DEA, FBI, y el Departamento de Justicia.

La discusión sobre la ruptura del derecho internacional y la violación a la soberanía es intrascendente. Es una lección aprendida a sangre y fuego en Venezuela. No solo hace falta recordar a Tucídides: “Los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben” en el libro VI de la Historia de la guerra del Peloponeso. Hoy el penalista Felipe Hasson sentencia: “Invocar el derecho internacional para defender a dictadores es una perversión intelectual… el derecho internacional no existe para blindar regímenes autoritarios”.

Lo del 3 de enero hay que entenderlo en toda su complejidad. Una referencia ineludible es la Estrategia de Seguridad Nacional de EE.UU. documento publicado en noviembre de 2025, que señala los objetivos principales en nuestro hemisferio: crear uno estable y bien gobernado para impedir migraciones masivas; una alianza conjunta de cooperación en la lucha contra el narcoterrorismo y el crimen transnacional; y un hemisferio libre de la injerencia de actores externos para el dominio de sectores claves. Por ello, lo decisivo que justificará en último término la operación del 3 de enero será la transformación de Venezuela en una nación libre de emigrantes, violencia y narcotráfico, donde los recursos naturales estén al servicio de sus ciudadanos. Esa es la difícil pero necesaria agenda que está desarrollándose. Lamentablemente, no se dejan 26 años en un día.