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Joaquín Hernández | El precio del delirio

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Cuba y lo que queda de su revolución se preparan para la escena final

Fue algo inusual, inesperado, que en ese momento pareció un choque de corriente eléctrica. Era el 1 de enero de 1959, y recorría junto a mi padre, por la tarde, el centro de San Salvador. La ciudad que recién se iniciaba después de las fiestas de fin de año, fiestas tímidas si se las compara con las actuales, estaba en júbilo o eso es lo que creí sentir en aquellos años anteriores a la adolescencia. La gente celebraba y se felicitaba: había caído el dictador cubano Fulgencio Batista por la acción heroica y valiente de un grupo de jóvenes revolucionarios que habían tomado la capital. Algo impensable en países donde solo los militares podían derrocar gobiernos. Por supuesto, la alegría tenía destinatarios: apuntaba contra los tiranos propios que habían gobernado durante décadas nuestras repúblicas. La Revolución cubana parecía en esos momentos algo inédito e incluso independiente al orden mundial existente: la Guerra Fría. Su mérito era precisamente ser latinoamericana,

El delirio por el triunfo de la Revolución cubana se extendió por toda la región pese a que poco a poco comenzaron a ensombrecerse las expectativas de ser un régimen independiente del maniqueísmo de la Guerra Fría y lo que es peor, comenzó a adoptar las prácticas políticas propias de los países situados detrás de la Cortina de hierro. Para los más perspicaces, la crisis de los misiles soviéticos en 1962 significó la advertencia de que la isla y su joven revolución terminarían en dictadura, reprimiendo cualquier tipo de disidencia, con el control de un estado totalitario identificado con el partido comunista. Pese a ello, durante tres décadas, generaciones de jóvenes universitarios, intelectuales y dirigentes gremiales hicieron delirantemente de esa revolución el paradigma de la nueva independencia de América Latina.

No tardaron en aparecer los costos, la libertad primero. Luego, los racionamientos, la exigencia obligada de inmolarse en el altar de un futuro siempre anunciado, jamás visto. Después de siete generaciones que fueron en su mayor parte frustradas y privadas de condiciones de vida elementales, Cuba y lo que queda de su revolución se preparan para la escena final. 20 horas de apagones, falta de víveres y de medicamentos, insalubridad galopante, sin más paliativos oficiales que la exigencia de “sacrificios y de creatividad”. El delirio de la soberbia, como diría Carlos Granés, pasa su factura, ojalá que final, para un pueblo esquilmado y desengañado, digno de mejor suerte.