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Joaquín Hernández | El ‘milagro’ peruano

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Los ciudadanos no esperan nada de esta clase política; por ello votan (y terminan eligiendo) a figuras como Pedro Castillo

No es ironía. En diez años, Perú ha cambiado ocho presidentes y elige a un noveno que se supone durará hasta julio de este año cuando tenga que entregar el poder. El último, José Jerí, duró cuatro meses. El recientemente posesionado José María Balcázar hasta julio, si es que no surge algún imprevisto. Mientras, no pasa nada: no hay crisis económica ni pánico bancario. Tampoco manifestaciones en la calle. Lo que en otros países de la región hubiese provocado un terremoto, aquí ni siquiera se siente. Pareciera que existe un muro entre el mundo de los políticos aposentados en el congreso haciendo y deshaciendo del país y los ciudadanos de la calle, atormentados por la inseguridad, extorsiones, falta de agua en el norte, deterioro de carreteras en el sur y el costo de la vida. “Todo señala que existe un hartazgo generalizado, no frente a la política en sí, sino ante el ‘juego’ que está habiendo ahí, la pelea banal”, comenta Francesca Raffo en El Comercio de Lima.

La mayoría de estos nueve presidentes han salido de las filas del mismo congreso. Manuel Merino, Martín Vizcarra, Francisco Sagasti, José Jerí, José María Balcázar, entre otros. Todos provienen de los partidos políticos que tienen representatividad allí. En ellos no hay ideologías ni proyectos político-sociales en discusión sino la defensa de sus intereses. Lo que significa que no hay que esperar grandes transformaciones porque los nombres de los presidentes cambian, pero pertenecen a grupos cuya única preocupación es obtener cuotas de poder. Los ciudadanos no esperan nada de esta clase política; por ello votan (y terminan eligiendo) a figuras como Pedro Castillo que pretenden dar un golpe de Estado y quedarse con todos los poderes.

Hay varias explicaciones de este ‘milagro’. La crisis y disolución de los partidos políticos tradicionales; su substitución por grupúsculos de poder definidos por intereses de sus líderes que no vacilan en acudir a la corrupción para lograrlos o a firmar cualquier tipo de alianza, por antinatura que parezca, con sus enemigos, para obtener réditos. Esta especie de milagro durará hasta que no se cruce el malestar popular con un escándalo de los políticos, imposible de tapar. Mientras, el cambio de guardia seguirá, normalmente, en la casa de Pizarro, aunque no esté el mandatario, como aconteció el día en que se destituyó a Jerí, como anota Raffo. Y que el sucesor sea igual o peor que el antecesor.