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Ruth

"¿Cómo discrepar sin ser desagradables?"

Aunque a veces lo olvidemos, sabemos en el fondo que la violencia, en el largo plazo, paga mal a sus devotos. Basta ver un poco de tele para recordarlo con nudos en el estómago: los personajes violentos terminan sufriendo de manos vengativas.

Y la violencia no es solo física: somos testigos de un entorno en el que las opiniones se expresan cada día con menos respeto hacia otros. La determinación y la vehemencia son confundidas con intolerancia e irrespeto, sembrando vientos que, bien lo enseñó Rafael Correa, se convierten en tempestades. De niño recuerdo haber aprendido que cuando alguien levanta la voz en una discusión es porque seguramente no tiene la razón.

Como discrepar sin ser desagradable, sin dañar una conversación, un posible acuerdo político o un negocio. Ese es, en fin, uno de los desafíos más grandes de la convivencia pacífica entre las personas o, filosofando un poco, el reto principal de la democracia, y más allá, de la civilización.

Vienen imágenes en mente de personas que nunca aprendieron a tener una discusión con altura. Aquellos que ante el desacuerdo, solo pueden producir más polarización: alzar el tono, espetar un ultimátum, cerrar el diálogo, desconocer los méritos del otro, desdibujar los intereses comunes y concentrarse en las diferencias. Los historiadores del nacionalismo le dicen “narcisismo de las pequeñas diferencias”, citando a Freud. Innumerables personajes públicos viven del culto al drama y a la polarización, porque aquello -probado está- garantiza rating y likes en los mercados de la atención. Lamentablemente son justo esos personajes los llamados a producir grandes acuerdos.

Ruth Bader Ginsburg, la que fuere hasta hace una semana jueza de la Corte Suprema del país del norte, nos deja aprendizajes al respecto. Cuando un famoso entrevistador le preguntaba hace pocos años como hacía la máxima Corte para mantener los inusitados niveles de respeto y credibilidad que le hacen falta a todas las demás instituciones de nuestros países, la ahora difunta respondía con profundo laconismo: porque sabemos discrepar sin ser desagradables.