Columnas

Pseudociencia

Pero es obvio que nuestros trajines nos impiden preocuparnos de estas cosas cuando tratamos temas tan instintivos como nuestra organización social y sus liderazgos.

De nuevo escuchamos en nuestro entorno preguntar por encuestas y especulaciones electorales. No podemos culparnos: es nuestro instinto de supervivencia que reclama información sobre lo que depara el futuro.

Vivimos episodios increíbles en los que alguien afirma que otro alguien afirma “con datos” (sin citar ni cuestionar fuente o método), que tal o cual será el resultado electoral. Que tal o cual es informado, que tal o cual tiene encuestas, para afirmar cualquier cosa.

Y así evoluciona el debate público, toman forma las opiniones y expectativas electorales, y se producen decisiones de todo tipo.

Nos encontramos frente a un fenómeno social frecuente. Las personas reivindicamos el conocimiento, queremos estar y lucir informados, pero irrespetamos a la vez los cánones de la ciencia sobre los que se fundamenta cualquier saber.

Vamos por partes. Cuando citamos sin referenciar la fuente, erramos, pues en la fuente -ni se diga de una encuesta- viene explicada parte de su resultado. Cuando obviamos el método y saltamos a los resultados, también erramos, pues el conocimiento es, en esencia, verificación experimental con rigor metodológico. Lo que nos lleva al mayor de los problemas que enfrenta la industria de las encuestas electorales.

Para ser científicas, las encuestas deben confrontarse experimentalmente con aquello que pretenden medir. Para validar tal o cual método o encuestador, es necesario que sus pronósticos hayan sido confrontados con los resultados efectivos que pretendía anticipar, al menos suficientes veces como para obtener resultados estables y representativos.

Pero nadie hace eso. Tal vez lo debería hacer alguna ONG que lleve registro de las especulaciones y las confronte con los resultados reales. Pero es obvio que nuestros trajines nos impiden preocuparnos de estas cosas cuando tratamos temas tan instintivos como nuestra organización social y sus liderazgos.

Seamos realistas: para lo que sí sirven las encuestas, para lo que sí han sido probadas, es para cosas como guiar o sesgar la opinión pública, alinear equipos de campaña o ayudar a levantar fondos.