Columnas

Fe pública

"Esta es obviamente una lógica del país de las maravillas"

¿Cómo hablar de fe pública cuando lo público se percibe con des-con-fian-za?

Dice la Real Academia que la fe pública es la “Autoridad legítima atribuida a notarios, escribanos, agentes de cambio y bolsa, cónsules y secretarios de juzgados, tribunales y otros institutos oficiales, para que los documentos que autorizan en debida forma sean considerados como auténticos y lo contenido en ellos sea tenido por verdadero mientras no se haga prueba en contrario”.

Sin duda los carnés de discapacidad amañados y los procesos de contratación con precios exorbitantes se reputaron auténticos y su contenido verdadero. Quienes produjeron esos documentos gozaban de autoridad legítima; e incluso habrán cobrado tasas de trámite. Y luego porque alguien abrió la boca toda esa formalidad quedó en nada. Y ahora las pruebas contra la corrupción se producen ante las mismas autoridades que dieron la fe pública inicial, pagando nuevas tasas.

Esta es obviamente una lógica del país de las maravillas, que tiene a la gente en redes gritando al son de la reina de corazones: ¡que les corten la cabeza! Pues para todos debiera ser obvio a estas alturas que no basta llevarle a “notarios, escribanos, agentes de cambio y bolsa, cónsules y secretarios de juzgados, tribunales y otros institutos oficiales” cada materia de la realidad social para que se repute auténtica o verdadero su contenido. Para decir que goza de fe pública. Las cosas van más allá.

Nuestros ordenamientos jurídicos nacen luego de las grandes revoluciones, hace varios siglos ya, cuando la autoridad pasó de la cabeza del rey a la de unos cuantos civiles. Cambió el rey por una Asamblea, la soberanía divina por la soberanía popular y cambiaron muchas cosas menos el sometimiento ciudadano a la autoridad y a sus formalidades.

Hoy más que nunca se justifica renovar el debate sobre lo que constituye la fe pública. Si su definición tradicional, heredada de hace siglos, es suficientemente sólida y aplicable a nuestra realidad moderna, son sus custodios los llamados a desterrar del Estado moderno la mentira, la falsedad, la corrupción.