Jaime Antonio Rumbea | La perilla peligrosa
Toda civilización se funda sobre el esfuerzo y sobre palabras que obligan, no sobre el placer ni sobre palabras que consuelan
Durante todo 2025 el equipo de ChatGPT ha estado probando dónde colocar una perilla delicada: la que regula la proporción entre empatía y asertividad objetiva. No es un experimento menor.
La perilla con la que hoy juega ChatGPT -y que probablemente marque más a 2026 que a 2025- no es nueva, pero sí es peligrosa. Decide si una máquina responde con información y análisis o si responde, simplemente, con lo que el usuario quiere escuchar. Oscila entre la objetividad y una supuesta amistad.
En 1956, Mary Chase deslizó una frase subversiva en Harvey: ‘For years I was so smart, I recommended pleasant.’ La obra -y luego la película- gira en torno a un loco adorable que, gracias a su encanto, termina enviando al psiquiátrico no a sí mismo, sino a quienes lo rodean. Harvey no vence por razón, sino por simpatía. Y eso lo vuelve irresistible… y peligroso.
La simpatía, el encanto, la empatía y la confianza forman una constelación emocional que produce mímesis. Nos acerca. Nos hace bajar la guardia. Y hoy nos lleva a aceptar -sin mayor resistencia- lo que nos dicen ‘coaches’ ontológicos, gurús de vida o inteligencias artificiales sobre asuntos que no admiten ligerezas como fundamento de la vida social, jurídica o política.
La conversación trivial -la que construye intimidad rápida, la que imita sin escrúpulo el arrullo afectivo entre madre e hijo- no produce progreso. Trivialis, en su origen, es lo que ocurre en el cruce de tres caminos: lugar de paso, no de fundación. Es lo contrario de la Universidad, del Palacio, del Castillo, de la Plaza o de la Corte. Sin embargo, poco a poco podríamos estar delegando los debates y las decisiones que importan a sistemas entrenados para agradar antes que para incomodar; para la facilidad y no para el esfuerzo.
Toda civilización se funda sobre el esfuerzo y sobre palabras que obligan, no sobre el placer ni sobre palabras que consuelan. Tal vez el problema no sea que las máquinas aprendan a agradarnos, sino que estemos dispuestos a obedecerlas cuando lo hacen. Eso, históricamente, tiene nombre: decadencia.