Columnas

Las opciones en los tiempos del coronavirus

En definitiva, ningún dirigismo colectivista funcionará mejor que el orden espontáneo de los individuos decidiendo en libertad.

La pandemia del coronavirus ha llegado al Ecuador para quedarse y sus consecuencias son aún impredecibles. Y si bien el mundo a través de su historia siempre ha enfrentado pestes, guerras o cataclismos, esta vez el coronavirus luce realmente apocalíptico. A todo nivel, porque la vida es así, vamos viviendo nuestras propias tragedias. Esas son las reglas y no hay más. Como decía Manny Ribera, el fiel compañero de Tony Montana en la clásica película Scarface: “Que más calne ni más calne, así viene el ‘sandwich’ men”.

Ante la amenaza del Armagedón, el mundo viene decantando varias estrategias de cómo combatir la pandemia. El gobierno ecuatoriano, en sintonía con el “mainstream” mundial, ha decidido parar el país estado de excepción, restricción a la movilidad, en definitiva #quedatencasa. El objetivo, muy loable por cierto, es desacelerar el exponencial contagio del virus y reducir el número de fatalidades. La medida tiene, sin embargo, un enorme impacto económico. El agravar aún más la débil economía ecuatoriana conlleva un alto riesgo. A eso sumémosle el hecho de que muchas personas viven el día a día y comen de lo que ganan a diario. A este grupo importante de ecuatorianos -muy vulnerables por cierto- debemos como sociedad apoyarlos de manera rápida y efectiva. Ignorar la situación a la que las circunstancias los están llevando sería injusto y peligroso.

Los ingleses y holandeses, por otro lado, han decidido ir contra corriente. Consideran que es inevitable el contagio, y que incluso podría hasta convenir que niños y jóvenes se infecten para generarles inmunidad dada su casi inexistente mortalidad. Se niegan a parar su actividad económica y más bien buscan proteger la economía ante la crisis ‘ad-portas’. Circunscriben el cuidado y el aislamiento médico a los grupos vulnerables -mayores y enfermos crónicos- asumiendo que es inevitable que se contagien y, en consecuencia, inexorablemente morirán algunos.

¿Cuál es el camino justo desde el punto de vista humano, ético o moral? La respuesta no es fácil. El un modelo sacrificaría la economía en general y el sustento diario de los más pobres. El otro modelo sacrificaría a los físicamente vulnerables, ancianos y enfermos crónicos. ¿Con base en qué estándares morales se toma una sola decisión única e inapelable?

Con la falta de rigurosidad que otorga el ser una simple opinión, considero que no existe un modelo único que calce a todo el mundo. El aplicar un “one size fits all” nunca podrá convenir a todos por igual. ¿No sería mejor que cada individuo pudiera discernir, en su foro íntimo y el de su familia, qué alternativa le ajusta mejor a su circunstancia, obviamente sin que su decisión afecte a terceros? Con el mismo derecho que tienen los que prefieren quedarse en casa y aislarse, los que necesitan salir y trabajar deberían poder hacerlo, si así lo quisieran. En definitiva, ningún dirigismo colectivista funcionará mejor que el orden espontáneo de los individuos decidiendo en libertad.

Como diría Siddhartha en la gran novela del mismo nombre de Hermann Hesse: “¡No tengo derecho a juzgar la vida de otro! Tan solo para mí, únicamente para mí, he de juzgar, elegir y rechazar”.

¡Hasta la próxima!