Columnas

Liberté, égalité, fraternité

El concepto utilitarista de que el fin justifica los medios es inmoral e inaceptable en la ética kantiana.

La Revolución Francesa derrocó la Monarquía de Luis XVI (el antiguo régimen) e instauró en la Francia de 1789 el Tercer Estado y una Asamblea Nacional. El lema que se dice inspiró la Revolución, Libertad, igualdad, fraternidad, hoy es una de las frases cliché más representativas de un estado justo e ideal. ¿Es posible tener simultáneamente libertad e igualdad en una sociedad? La respuesta es un no rotundo, pues los hombres en libertad se diferencian los unos de los otros desde el día uno. Al ser imposible que los humanos libres nos mantengamos iguales ‘ad infinitum’, la única forma de lograr el ideal de igualdad colectivista es imponiéndolo por la fuerza. La libertad y la igualdad son entonces condiciones humanas antagónicas, polos opuestos, tesis y antítesis. Hablando desde un punto de vista de espectro político, el colectivismo se identifica con la igualdad vía coacción y el individualismo con la libertad con responsabilidad.

El filósofo alemán del siglo XVIII Immanuel Kant elaboró extensivamente sobre la dignidad humana y sostuvo que, desde el punto de vista moral, nadie debería someter su propia voluntad a la voluntad o intereses de terceros. Los hombres somos libres de vivir y actuar de acuerdo a nuestras propias convicciones mientras no perjudiquemos a terceros. El concepto utilitarista de que el fin justifica los medios es inmoral e inaceptable en la ética kantiana.

No obstante, el jurista liberal del siglo XIX Alexis de Tocqueville sostenía que había la curiosa predisposición de las personas a preferir la igualdad sobre la libertad. Como escribiría Tocqueville en 1835 en su ‘opus magnum’ La democracia en América: “Hay en el corazón humano un gusto depravado por la igualdad que lleva a los débiles a querer rebajar a los fuertes a su nivel y que conduce a los hombres a preferir la igualdad en la servidumbre a la desigualdad en la libertad”.

Entrando al día 94 de vergonzosa servidumbre, nos encontramos con un Leviatán obstinado en seguir dirigiendo nuestras vidas. Ese gusto depravado por la igualdad a la que se refería Tocqueville seduce a nuestra mediocre Gestapo criolla que, con la fatal arrogancia descrita por Hayek, insiste en una política indefectiblemente igualitaria y cavernícola. A través de subterfugios mañosos se pretende alargar 60 días más esta pesadilla kafkiana con decretos ejecutivos iguales pero distintos; una misma jeringa pero con diferente bitoque. ¿Se prestará la Corte Constitucional a este gatopardismo legal, muy propio de un estado corroído, fofo y desinstitucionalizado como el nuestro?

Como preámbulo a la visión orwelliana de que aun en el paraíso colectivista siempre habrá animales más iguales que otros, el vizconde de Tocqueville advertiría: “Verdaderos amigos de la libertad… deben estar siempre alertas y evitar que el poder del gobierno sacrifique levemente los derechos privados de los individuos ... Ningún derecho privado es tan poco importante que pueda ser entregado con impunidad a los caprichos de un gobierno… [porque] los hombres se acostumbran a sacrificar el interés privado sin escrúpulos y a pisotear los derechos de las personas para acelerar rápidamente cualquier propósito público”.

¡Hasta la próxima!