Columnas

Bomfog

"Ambas tendencias, luego de años de pavorosa y sangrienta implementación, han demostrado esa clara correlación que existe entre libertad económica y prosperidad; entre colectivismo y subdesarrollo"

John Davison Rockefeller Jr. fue el hijo menor de John D. Rockefeller, el magnate petrolero americano de inicios del siglo XX. En una corta emisión radial de 1941, JDR Jr. -iniciales por las que era reconocido- proclamaría un grupo de principios morales que luego los determinaría como su credo familiar. Hoy, dichos enunciados pueden observarse en una sobria placa de granito que reposa a la entrada del imponente Rockefeller Center. Al final de su alocución, JDR Jr. terminaría sosteniendo que esos principios eran la base de un mundo donde primaría “la hermandad del hombre y la paternidad de Dios”. Frase que fuera acogida por la opinión pública bajo el acrónimo de “Bomfog” por sus palabras en inglés; brotherhood of man, fatherhood of God.

En estas últimas elecciones una vez más se evidenciaron esas dos visiones políticas contrapuestas que se han enfrentado en el mundo los últimos 100 años; la alternativa que promueve libertad con responsabilidad y su contraparte; la que promueve un socialismo anacrónico. Ambas tendencias, luego de años de pavorosa y sangrienta implementación, han demostrado esa clara correlación que existe entre libertad económica y prosperidad; entre colectivismo y subdesarrollo. En honor a esos ecuatorianos que apoyaron la alternativa que promueve la libertad, gane o pierda, quisiera dejarles el credo de JDR Jr., que no es sino una síntesis poderosa y trascendente de aquellos principios que debemos defender a ultranza, con decisión, sin taras ni complejos, si queremos vivir en una sociedad libre y justa: “Creo en el valor supremo del individuo y en su derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad. Creo que todo derecho implica responsabilidad; toda oportunidad, una obligación y cada posesión, un deber. Creo que la ley fue hecha para el hombre y no el hombre para la ley; que el gobierno es el servidor del pueblo y no su amo. Creo en la dignidad del trabajo, intelectual o manual y en un mundo que no le debe nada a nadie, salvo la oportunidad de cada hombre a ganarse la vida. Creo que la prudencia financiera es esencial para una vida ordenada ya sea a nivel público, empresarial o personal. Creo que la verdad y la justicia son fundamentales para un orden social duradero. Creo en lo sagrado de una promesa, en la palabra del hombre y que su conducta, y no la riqueza, el poder o la posición, es su valor supremo. Creo que prestar un servicio útil es deber de la humanidad y que solo al calor del fuego purificador del sacrificio se consume la escoria del egoísmo y se libera la grandeza del alma humana. Creo en un Dios sabio y amoroso -cualquiera que fuere su nombre- y que el individuo se realiza y es más feliz y productivo cuando vive en armonía con su voluntad. Creo en el amor como lo más grande del mundo, como superador del odio, y que el derecho puede y debe triunfar sobre el poder”.

A aquella otra tendencia, que promueve un Ecuador totalitario, quisiera recordarles las únicas palabras que pronunciara el célebre disidente ruso-judío Natán Sharansky en la corte soviética que lo terminaría condenando por traición a la patria a 13 años en el Gulag: “Para ustedes, no tengo nada que decir”.

¡Hasta la próxima!