La primera cristiana

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La primera cristiana

Creería que es la primera cristiana en el mundo, seguidora de su hijo antes de su vida pública, quien con su testimonio de vida nos acerca a qué debemos entender y vivir como cristianos’.

A Lucas le tomó 50 años escribir su evangelio, y lo tuvo que investigar como lo asevera al inicio. Se reconoce que es de él por las palabras médicas que se han encontrado, y se dice es el Evangelio de la Misericordia. Lucas no conoció a Jesús, mas sí a su Madre, a sus apóstoles Pedro y Marcos; y con una entrañable amistad con San Pablo nos regala una descripción perfecta sobre María: “En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá…”.

Hace unos días aprendí que las traducciones del original evangelio en griego de Lucas, hasta el español descubren que la palabra levantarse era exactamente la misma palabra utilizada en el Evangelio para describir la resurrección de Jesús. Es decir que la vida de María se renueva con su decisión luego de la anunciación que le hace el Arcángel San Gabriel. María termina enseñándonos de manera magistral que hay que creer -la llamada fe- pero combinarla con la manera de vivir esa fe. Y empieza su estelaridad en nuestras vidas, y sobre todo en la de José, Jesús, los apóstoles y la primera comunidad cristiana. Con profunda sencillez ella le da a Jesús su impronta humana, su calidez. Creería que es la primera cristiana en el mundo, seguidora de su hijo antes de su vida pública, quien con su testimonio de vida nos acerca a qué debemos entender y vivir como cristianos.

Pero también a ella, por sí misma, antoja seguirla. Antes de venir al mundo los niños en el vientre materno expresan tal vez la primera emoción que nos caracterizará: la alegría. Si no recordemos lo que ocurrió con Juan, hijo de Isabel: “Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno”. ¿Quién no se emociona al verla?

Ser testigo de Jesús y comprenderlo debió ser una tarea diaria y silenciosa, como se expresa en otra parte del Evangelio: «María por su parte guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón». ¿No es esto a lo que estamos llamados? A interiorizar para luego actuar.

Y ante el dolor, nos vuelve a enseñar, porque no hay más que recordarla sencilla, amorosa, con temple, ante la cruz de su hijo. Aceptando su fin, en oración. Pero ella no lo deja solo, no lo aturde con su dolor; lo acompaña, lo ama, lo entrega.

La tarea del cristiano no es fácil, puede desorientarnos el tener una etiqueta y caer en la superioridad, al fin y al cabo es la religión con mayores seguidores en el mundo y en Ecuador del 85 % de su población. Pero nuestra tarea es más “mariana”: alumbrar a los demás con las enseñanzas de Aquel que es la Verdad, la Justicia, el Amor y la Paz. Alumbrar como lo hizo con toda generosidad María a Jesús, en un pesebre, sin árboles de Navidad, ni regalos, ni calor de chimenea, ni botas colgadas con dulces, ni villancicos, ni pavo, ni manjares; sino con lo necesario para ser feliz, para agradar a Dios, para tomar el reto y acoger al único Dios que ha sido documentado, amado, perseguido, y que resucitó. María es la primera que hizo su vida alrededor, por y para Él. Hoy los invito a todos los cristianos y personas de buen corazón a escoger un personaje del pesebre, y desde ese rol contemplar a su hijo Jesús y dejarnos inspirar.

Feliz Navidad ‘erga omnes’.