Columnas

La resistencia

En la región hay una RESISTENCIA establecida a todo lo que recuerde maneras de vivir en democracia.

Término que se presta a las más diversas interpretaciones, pero la que es motivo de este artículo tiene que ver con el pueblo del Ecuador.

No son olvidadas, todavía, las imágenes de los acontecimientos de octubre. La capital soportó la peor parte de las protestas de los indígenas y sus bien recibidos infiltrados, que arremetieron contra lo que se les indicó como blanco de sus agresiones. La fuerza pública, como espectadora, recibió toda clase de vejámenes, sin poder repeler, como era procedente, para devolver la calma y restaurar el orden. 

La mayoría éramos mudos testigos de la fiereza de los agresores, jóvenes en su mayoría, mal encaminados por sus calenturientos azuzadores, que se aprovecharon del aparente descontento originado por la abolición de los subsidios a los combustibles. No pudieron pensar que esa era una manera de acabar con la expoliación de la riqueza de este Ecuador, que es de ellos también. Se presentaron irreflexivos y nada coherentes con pensamientos de orden y paz, para que se cumplan las órdenes emanadas de los grupos interesados en acabar con toda la América, léase Foro de Sao Paulo y Grupo de Puebla, refugio de los trasnochados izquierdistas como correa y zapatero (con minúsculas) -sí, ese que casi logra la destrucción de España que ahora ocupa un sitial en Europa gracias a Adolfo Suárez, Felipe González o Alfonso Guerra, para quienes su patria era lo primero y su filiación política pasaba a segundo plano-.

En la región hay una RESISTENCIA establecida a todo lo que recuerde maneras de vivir en democracia. Quieren que se implanten políticas fracasadas de manera estrepitosa en países, aun del primer mundo. Pretenden cambios que solo se consiguen con sangre de seres inocentes o creyentes de las maravillas de los paraísos a los que los huidos no visitan ni de casualidad. Los indígenas quedaron tan envalentonados que el de las plumas se siente presidenciable y con la permisividad de las leyes emanadas del origen de nuestros males (mamotreto de Montecristi) hasta podría hacer binomio con la mosca de Bélgica, que ya se acerca como fiera herida a su víctima. Al Ecuador, claro. Quiere más.