Columnas

Maestro

"La historia de esta ineptocracia nos enseña lo que se hace con la voluntad del pueblo expresada en las consultas populares".

Así es como en el argot taurino se llama a un diestro en la plaza, tanto por su elegancia, como por su arrojo y principalmente por su valentía ante un toro de casta, en una tarde desbordante de inspiración y de suerte.

Viendo al exalcalde de Guayaquil cómo anunciaba su negativa al puesto de aspirante a la contienda electoral venidera como candidato a la presidencia de la República es que se me ocurrió llamarlo así: Maestro.

Ahí estaba él, con un verbo convincente.

Apoyado en su carisma indiscutible, nos comunicó a todos los ecuatorianos que había decidido retirarse de la vida política después de 35 años de convivir con ella.

La del jueves fue realmente una “tarde” llena de pases y requiebres, aprovechando de la “bestia” que tenía al frente.

Pero, tristemente, no se llevó ni “orejas ni rabo”.

La faena no fue del gusto del tendido, el cual llevaba días esperando ansioso con la esperanza de poder escuchar: sí seré candidato.

Ahora sí, toca -y de manera realmente urgente- que se aglutinen las fuerzas políticas para que sea un solo candidato el que le salga al frente al depredador, ese que tiene la desfachatez y el descaro de decir que él y todos sus colaboradores y coidearios son honrados.

Viene, cree él, a terciar como vicepresidente de un títere de sus huestes, para acabar con lo poco que dejaron de país.

El próximo año retornaría herido y como tal, sería más peligroso.

Su sed de venganza no tendría freno alguno y se ampararía en el mamotreto de Montecristi, constitución creada a su antojo, para lograr sus malsanos propósitos.

Así que Maestro, nos dejó al garete.

Nos dejó sin timonel.

Nos dejó en una mar embravecida.

La historia de esta ineptocracia nos enseña lo que se hace con la voluntad del pueblo expresada en las consultas populares.

Flaco favor que le hizo a la Patria.