Columnas

Mercado y Estado: pactos de convivencia

"Existe una estrecha correlación entre la fuerza de las instituciones gubernamentales en su rol de guardianes de la libertad económica y el desarrollo económico"

El mercado es el ecosistema del capitalismo: el que marca cuán libre es una economía. El ámbito del mercado está delimitado por el dirigismo, ‘light’ o pesado, de la economía burocrática. Las repúblicas abarcan todos los matices, desde el totalitarismo de Cuba y Corea del Norte hasta el liberalismo de Singapur y Nueva Zelandia, pasando por todas las sombras grises intermedias que incluyen regímenes unitarios y federales.

La república, al igual que la monarquía, se sustenta en un pacto social, concepto que resume, en el sentido práctico, el conjunto de instituciones, leyes y normas que rigen la convivencia. El punto de discusión es, entonces, ¿quién determina la forma y substancia del pacto social? Sin entrar en la discusión de la cultura, la historia, el lenguaje y las costumbres, el pacto social se define en razón del ejercicio o de las restricciones de la libertad. En la tradición latinoamericana, las lecturas son el legado de nuestra cultura de poca tradición institucional. Hemos vivido dictaduras civiles y militares, y hoy en democracias más o menos representativas pero disfuncionales, pues están asediadas por la corrupción, los extremos de desigualdad y los choques ideológicos: todos elementos desestabilizantes de cualquier pacto social.

¿Qué relación tiene toda esta narrativa con el capitalismo, o, más generalmente, con la economía de mercado?: la respuesta abarca las diferentes modalidades de organización del capitalismo como expresiones de las variadas manifestaciones del pacto social. China es paradigma del capitalismo político: es una economía en la cual, sorprendentemente, el 80 % de la producción está privatizada, pero el Estado ejerce un dominio evidente sobre dichas actividades. En el otro extremo está el capitalismo americano, meritocrático y basado en una economía de mercado libre pero regulada en cuanto al cumplimiento pormenorizado de normas de calidad, seguridad y observancia de la ley.

El capitalismo y el socialismo son antípodas no solo ideológicas, sino en cuanto a la arquitectura de la organización social que visualizan. Es la libre competencia y diseminación del poder político contra el dirigismo estatal en la política y la economía. Al ideólogo socialista le disturba la existencia de la libertad del mercado, libertad que está dada por la individualidad de la iniciativa privada, la toma de riesgos, la innovación requerida para ser más competitivos, el modo de capitalización de las empresas y la definición del poder económico nacional. Existe una estrecha correlación entre la fuerza de las instituciones gubernamentales en su rol de guardianes de la libertad económica y el desarrollo económico. La triada de la democracia liberal, la economía de mercado y el imperio de la ley en un mundo globalizado y de comunicaciones instantáneas es la fórmula más apta.

El desarrollo de las naciones, concluyo, radica en un pacto social arbitrado por un Estado fuerte que, a diferencia de Leviatán, está encadenado por la fuerza de las instituciones que lo constituyen, las que a su vez dan cuenta de su existencia y permanencia a ciudadanos conscientes de su rol que, al igual que las hebras de hilo, forman el tejido del pacto social.