Columnas

Las líneas rojas del centralismo

Guayaquil no requiere tutela de ningún centro ajeno de poder. Tenemos, y lo hemos comprobado...

La historia del Ecuador es el relato de cómo el centralismo acaparó progresivamente el poder político y económico. Empezó con la depredación que la Corona española ejerció en esta región, y continuó con el sometimiento a mano armada de Guayaquil y su anexión al mal concebido experimento centralista de la Gran Colombia. Contrariando ello, la vocación federalista de Olmedo, Rocafuerte y Antepara está abundantemente documentada, y la circunstancia de Guayaquil como centro de producción, comercio, finanzas y agricultura no admite discusión. 

Tampoco admite discusión el hecho de que, cuando se depuran las cifras de origen de la renta y el valor agregado, esta ciudad es el mayor contribuyente al erario nacional y recibe a cambio menos de una décima parte de lo que entrega.

El centralismo es un vector de la desmoralización nacional. Los guayaquileños no son aislacionistas pero tienen identidad propia. A quienes argumenten lo contrario, les recordamos que el Municipio reclama sus fondos, y que la condición de fiduciario de valores ajenos le impide al fisco utilizar esos recursos para pagar burocracia nacional, intereses de la deuda o circos sobre el hielo. La defensa de los intereses locales no destruye el país sino que lo fortalece concibiendo un Estado que responda y no que divida. 

No ha lugar a una pugna irreconciliable entre Guayaquil y Quito, pero ello no significa aceptar el hecho que la capital es favorecida en la distribución de los recursos. No se es guayaquileño por nacer acá; hay presidentes guayaquileños que serán recordados por ser los más infames centralistas, los hay quienes doblan la cabeza, y hay otros, ciudadanos ejemplares, nacidos en otros lares. 

Finalmente, el clamor contra la centralización tiene resonancia cada vez mayor en todas las localidades que se sienten afectadas y postergadas por el centralismo disfuncional y torpe que nos gobierna.

Producto del régimen imperante son los kilómetros de cordilleras cuyas laderas están pavimentadas mientras la carretera que une a Guayaquil con Machala es poco más que un camino de herradura. Expresión de centralismo es el “quinto puente” hasta hoy postergado y degradado mientras un funcionario del ministerio correspondiente debe venir de Quito para autorizar la apertura de un puente peatonal levadizo que nunca debió ser construido. 

Es el asedio permanente a instituciones como la Junta de Beneficencia y Solca. Es un sistema educativo que destina menos de la mitad de recursos por alumno en Guayas que lo que hace en cualquier provincia serrana. Es otorgar financiamiento y garantías para proyectos de transporte urbano masivo cuyas tarifas deberán ser posteriormente subsidiadas, mientras en Guayaquil las soluciones las encuentran el municipio y los choferes con recursos propios. 

Es cobrar las tarifas eléctricas más altas del mundo para sustentar un monopolio público rapaz y luego anunciar, como gran negocio, la venta de energía a precio de gallina con peste a los países vecinos.

Guayaquil no requiere tutela de ningún centro ajeno de poder. Tenemos, y lo hemos comprobado, lo que se requiere para ser los más productivos y eficientes; para prosperar junto a quienes quieren ser libres de cualquier yugo servil.