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Sin historia no hay futuro

Avatar del Francisco Swett

Lo que es hoy Guayaquil, sin embargo, ya poseía historia autóctona y su condición de puerto definió, para el resto de sus días, su historia futura.

¿Qué nos hace ecuatorianos? ¿La Tricolor, el escudo, la bandera, el himno, el territorio? ¿O será acaso el vivir en proximidad, hablar un mismo idioma, compartir gustos en la comida? La respuesta corta a estas interrogantes es que todos los elementos nombrados son símbolos, espacios geográficos y culturales, y, obviamente, gustos compartidos.

Son las formas que la identidad asume, sin constituir el fondo de la misma. La historia, no obstante, no es simplemente una concatenación de eventos.

La construcción de la historia puede tomar atajos, y de hecho lo hace cuando los actores (principales y de reparto, que resultamos ser todos) somos capaces de fusionar nuestros paradigmas individuales en uno colectivo, que puede ser diverso pero es reconocible.

El individuo acepta, tácitamente, el pacto social y pasa a formar parte del colectivo que, a su vez, concibe como propias las instituciones de la gobernabilidad, la economía, la administración territorial, y las relaciones con el resto del mundo.

Es mi manera de conceptualizar porqué las cosas andan “chuecas” en el Ecuador y, transcurrido el primer quinto del siglo XXI, aún andamos, a la manera de Diógenes con su linterna, en la búsqueda de la historia, sin hallarla.

En este Ecuador diverso hay grupos indígenas que, tornados activistas políticos, asoman con afán destructivo y nihilista a azuzar la lucha de clases.

Son los que pretenden posesionarse de la ancestralidad cuando, de lo que está documentado, el Tahuantinsuyo tuvo apenas tres generaciones por estos lares y, posteriormente al arribo de los españoles, muchos de los actuales contingentes supuestamente aborígenes fueron “importados” de Perú como mitimaes para servir los intereses de la Corona.

Si de ancestros hablásemos, deberíamos remontarnos mucho más atrás, a los litoralenses y amazónicos que definieron con sus prácticas agrícolas de navegación y de comercio lo que devino en la vocación presente y en algunas de las características distintivas de nuestra región.

Las sociedades humanas están en estado permanente de flujo. En la parte inicial de la Colonia, los Andes dominaban geográficamente. Lo que es hoy Guayaquil, sin embargo, ya poseía historia autóctona y su condición de puerto definió, para el resto de sus días, su historia futura.

Si hoy se empieza a tener consciencia de los elementos que definen a la cultura guayaquileña, tal concepto no puede estar apartado geográficamente de la Ría, de los manglares y el subtrópico, de la Isla Puná y el vasto océano. Tales puntos de referencia van acompañados de actitudes frente a la vida y a la percepción de la realidad. No son compatibles con la opresión ni la esclavitud.

Sin historia no hay futuro. Lo vemos todos los días en los remedos de instituciones que hacen una pobre mímica de la democracia. Es un Estado fallido cuyos actores borran la historia para mostrar su bazofia, pues sin pudor alguno interpretan la ley de acuerdo a su conveniencia. Es por ello que Ecuador, con una historia retaceada, se enfrenta una vez más a la tarea de buscar una identidad con disyuntivas radicalmente opuestas, debatiéndose entre el comunismo y el comunitarismo del Tahuantinsuyo empeñados en retroceder cinco siglos en búsqueda de realidades imaginarias; el resurgimiento de la banda delincuencial organizada; o la única opción que ofrece la posibilidad de ser protagonistas de la era civilizada.