Columnas

¿Impunidad vs. gobernabilidad?

Es positiva la reacción provocada por un comentario desacertado’.

Habiendo sido negada, hasta despectivamente por el presidente electo, debería quedar sin más comentarios la posibilidad de que se negocie el indulto de delitos ya juzgados y penalizados a cambio de buscar la estabilidad de un régimen que apenas está por comenzar. Sin embargo, conviene destacar la enorme reacción nacional generada por el conocimiento de que se podría estar tratando de revisar la sentencia de algunos actualmente prófugos en razón de los delitos políticos que cometieron durante su ejercicio del poder. Para colmo, el legislador que dio paso a los comentarios en mención tiene el antecedente de haber sido funcionario de nombramiento del Ejecutivo en el gobierno de los que se llaman a sí mismos “perseguidos políticos”, pero que son -para buena parte del pueblo ecuatoriano- delincuentes de alto vuelo, y como tales los ha determinado la justicia en múltiples ocasiones. En todo caso, con o sin la reacción aquí reseñada, parece que está claro en la voluntad del presidente electo que el combate a la corrupción ofrecido como uno de los ejes de su campaña política tiene entre uno de sus sustentos fundamentales el no negociar impunidad y por el contrario, sin ánimo persecutorio pero necesariamente sancionador, seguir contribuyendo a descubrir culpables y, mejor todavía, tal cual se comprometió durante el proceso electoral, hacer un esfuerzo por recuperar lo robado buscando para tal propósito incluso asesoría internacional.

Valga como reflexión, a propósito de lo aquí expuesto, hacer notar la fragilidad del régimen recién electo y la necesidad de cuidarlo por respeto al convivir democrático recién ratificado en las urnas, cuando una mayoría de electores -aparte de los méritos del candidato- decidió repudiar al candidato que representaba a la década infame.

Es imperativo que la clase política ecuatoriana evidencie, dada la magnitud de la crisis que se enfrenta, un mínimo de madurez republicana, dejando de percibir el quehacer político como una troncha y dando lo mejor de sí en función de los intereses de la República. Observando las recientes promesas de comportamiento civilizado, cabe recordar uno de los instrumentos marquetineros de la última campaña, como aquello de “Andrés, no mientas otra vez”.