La corrupción y políticas para combatirla

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La corrupción y políticas para combatirla

La anticorrupción no puede ser solo un esfuerzo gubernamental. La ética es un producto social’.

La corrupción es como los virus: susceptible de variantes. Varía su forma según las personas. Según el marco legal. Según la levedad o dureza de las sanciones creadas para castigarla. Varía también según las motivaciones de quien incurre en ella o si tiene origen en acciones individuales o concertadas.

Si lo expuesto responde a parte de la realidad de las variantes de la corrupción, no se puede intentar combatirla con un solo método, con una sola ley, frente a una visible impunidad que muchas veces surge de la capacidad de maniobrar al gusto, en razón de la fortuna adquirida de mala manera.

Lo señalado, de inmediato establece que la política anticorrupción debe lograr un alto nivel de coordinación interinstitucional que ahora no existe.

Así, sin una educación, desde los primeros años del futuro ciudadano, en el hogar y en la escuela, que destaque y promueva las virtudes de la honradez, del amor a la verdad, del respeto a lo ajeno, podría ocurrir incluso que la corrupción adquiera ribetes de virtud en quienes han disfrutado de “buena vida” y hasta de respeto social, en razón de los actos de corrupción de sus ancestros. Cuántas distinguidas familias republicanas gozan de buena fama en función de las trafasías de sus antepasados, que les permitieron heredar grandes fortunas y con el paso del tiempo y el oportunismo social, hasta buen nombre. Conste que tengo claro que algunos ejemplos de lo señalado podrían encontrarse desde la Colonia.

(Baste recordar que el contrabando también es un acto de corrupción. Tal cual la explotación salarial del prójimo.)

Por otra parte, bien se sabe que la corrupción es hija de la impunidad y como la impunidad puede lograrse acudiendo a la corrupción y lograr resultados a partir de la educación, toma tiempo: ¿qué hacer?

Creo que hay que poner énfasis en a quién se nombra funcionario público, cualquiera sea la función del Estado en que se lo designe. Obviamente donde más cuidado hay que poner es en los organismos de control pero, también en los antecedentes de los nombrados. Aquí, todos nos conocemos. No hay que seguir nombrando gatos despenseros.