Fernando Insua Romero | Sombra desde España
La batalla ya no está solo en las calles. Está en los medios. Y ahí, quien sabe narrarse mejor, gana espacio
Byung-Chul Han, filósofo al que recurro para entender nuestro tiempo, advirtió que en la sociedad contemporánea el poder ya no se impone: se exhibe. Y en esa lógica todo -incluso lo negativo- termina convertido en objeto consumible. No domina la verdad, sino la forma en que se muestra.
Bajo esa premisa pensé en la entrevista a alias Negro Willy en España. El objeto de deseo era el personaje maldito, el ‘rockstar’ criminal, y el medio -enamorado de su exclusiva- dejó de mirar el país real para contemplar, fascinado, al monstruo que acababa de peinar para la foto, con una sesión digna de Vogue.
Lo ocurrido no es solo una entrevista ‘problemática’. Es el retrato incómodo de cómo se construye una narrativa desde la distancia. Mientras en Ecuador los negocios cierran por las ‘vacunas’ y el miedo se vuelve rutina, él habla de abrir barberías, de emprender, de rehacer su vida, acusando al Estado para victimizarse y lanzar acusaciones que le aseguren, en la España de Sánchez, el refugio y la pantalla que busca. Cada entrevista que no confronta ese discurso se vuelve cómplice.
La batalla ya no está solo en las calles. Está en los medios. Y ahí, quien sabe narrarse mejor, gana espacio. Es doloroso sentir que aquí se extorsiona, se mata, se paralizan barrios enteros; mientras allá se posa. Dos realidades que no conviven, pero que en la entrevista aparecen diluidas.
Hay además un dato incómodo que ayuda a entender el contexto. En los últimos años, algunos personajes sombríos se han colado en la ola de actores políticos y económicos latinoamericanos que han dejado de mirar a EE.UU. como destino, tal vez porque no es tan bello como Chamberí o Salamanca, o porque Washington endureció controles, cancela visas y persigue con mayor rigor los delitos financieros y políticos; haciendo aún más seductoras ciudades como Madrid, que se han vuelto más accesibles para instalarse, comprar propiedades, manejar intereses a distancia y relajarse un poco. Cuando esa distancia moral se combina con un periodismo seducido por el acceso, el resultado es peligroso: el criminal deja de ser una amenaza y se convierte en personaje. Y así, sin querer, lo vestimos de impunidad.