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Fernando Insua Romero | Mensaje desde 1599

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¿Existe el derecho de un pueblo a derribar a un régimen que ya no lo representa?

Hay épocas en que el derecho internacional se vuelve un escudo para los tiranos. Se lo invoca como un conjuro: soberanía, no intervención, orden jurídico, palabras hermosas que, cuando se vacían de humanidad, se transforman en coartadas. Y entonces las preguntas vuelven a surgir, incómodas y peligrosas: ¿existe el derecho de un pueblo a derribar a un régimen que ya no lo representa? ¿Y si este régimen secuestró a todo un país puede ser derrocado usando todos los medios al alcance?

La primera pregunta se formuló con crudeza hace más de cuatro siglos, en el silencio barroco de una iglesia de Toledo. El jesuita Juan de Mariana escribió en 1599 uno de los textos más perturbadores de la historia política de Occidente: ‘De rege et regis institutione’.

Mariana no parte del rey. Parte del pueblo. Afirma que el poder no cae del cielo ni se hereda como un apellido. El poder nace en la comunidad y se delega bajo condiciones. El gobernante es custodio, no propietario, de la autoridad.

Cuando ese custodio traiciona su mandato -cuando gobierna contra la ley, destruye libertades, confisca bienes, gobierna por el miedo y convierte al Estado en botín- deja de ser rey y pasa a ser lo que los romanos llamaban ‘hostis publicus’: enemigo público. Mariana sostiene que, en ese punto, el pueblo recupera su soberanía originaria. No se trata de rebelión: se trata de restitución. No se trata de violencia: se trata de legítima defensa política.

Más aún: si el tirano ha destruido toda vía institucional, si ha clausurado la justicia y vaciado de sentido la ley, entonces incluso un ciudadano particular puede convertirse en instrumento de esa restitución. No por odio, sino por deber.

El derecho internacional no puede estar por encima del derecho de un pueblo a existir.

Este mensaje no es solo para Venezuela. Es para cualquier país donde la legalidad se vuelva una máscara, donde la Constitución se cite como una ironía y donde el poder ya no represente a sus ciudadanos sino a sí mismo.

Cuatro siglos después, Juan de Mariana sigue susurrando desde Toledo aquella verdad que muchos prefieren olvidar.