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Fernando Insua Romero | El Sillón de Olmedo no es un trono

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Separar lo personal de lo público será el primer paso. La ciudad está por encima de cualquier nombre propio

Mi tatarabuelo Luis Cordero Crespo renunció a la Presidencia en medio del escándalo de la ‘Venta de la Bandera’. La historia terminó señalando al entonces gobernador del Guayas, José María Plácido Caamaño, como culpable -y el presidente Alfaro incluso se disculpó con él en nombre del país-; el gesto quedó: no se escudó en el cargo. Dejó el poder para defender su nombre en la justicia, con una actitud responsable ante la patria. Hoy, en tiempos caóticos, la concejal Ana Chóez ha sido clara: el Municipio no puede convertirse en espacio de defensa personal del alcalde. La justicia debe actuar en la justicia. El Concejo no es tribunal ni escudo. Uno vota por alguien para que administre la ciudad, no para que esta quede suspendida mientras se dilucidan procesos individuales. Que existan posiciones distintas no significa que no se trabaje por Guayaquil; hay responsabilidades que no pueden confundirse.

Desde otras trincheras del Concejo también ha habido mesura. Arturo Escala, aunque mantiene su respaldo al alcalde, se apartó de cualquier pugna interna. Se insinuó que podía perfilarse como relevo, pero no lo hizo. Mantuvo su línea de lealtad sin caer en posiciones sectarias ni en discursos caóticos. Apoyar sin desbordarse es también signo de responsabilidad. Cinthia García ha insistido en que la defensa debe darse en el ámbito judicial, no en la tribuna política. Y la vicealcaldesa Tatiana Coronel, actual alcaldesa encargada, ha entendido que su deber es garantizar continuidad institucional, dejando en soledad las posturas de cambio de banderas y radicalismo que no convienen a nuestra democracia local.

¿Por qué hay debates importantes que el país discute, reformas al gasto de los GAD bajo el marco del Cootad? Allí aparecen problemas como mala administración presupuestaria, crecimiento excesivo del funcionariado y escasa inversión real, porque por años se miró únicamente al Gobierno Central, mientras en las alcaldías, por lo general, se acumulaban desórdenes graves. También debemos recuperar el espíritu de la ciudad, perdido en los últimos años. Separar lo personal de lo público será el primer paso. La ciudad está por encima de cualquier nombre propio. El Sillón de Olmedo es la cabecera de la mesa de nuestra gran familia, no un trono.