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César Febres-Cordero Loyola | ¿Hasta cuándo, padre Almeida?

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Cuando llegue el siguiente tirano se encontrará a un país sin ningún medio para defenderse, aparte de rezar

El Ecuador es un país que se desarma, impávido ante su propio descenso hacia la anomia. Un asambleísta alterno compra dos medios de comunicación sin poder justificar la solvencia necesaria para adquirirlos, y las autoridades de control actúan como si eso nunca hubiera pasado. Un diario cambia su línea editorial apenas lo compran dos extranjeros (el uno un truculento personaje y el otro un perfecto desconocido) –mientras que el que ustedes leen es acosado– y, sin embargo, mucha gente que por menos salió a gritar “¡dictadura!” durante otros periodos, hoy guarda silencio.

Los gremios empresariales, que alguna vez encendieron las calles contra una junta militar, hoy aceptan un desplante tras otro (como ocurrió recientemente en Panamá) y no se atreven a hacer más que esperar la hora en la que por fin los inviten a tomarse un coctel en el palacio del cual antes tenían la llave.

En Guayaquil, que alguna vez defendió ferozmente su autonomía, la ciudad aguarda a ver qué destino definen para ella los ministros del Gobierno central y los fiscales en Quito. Sus élites enclaustradas y sus dirigencias barriales, malacostumbradas con Febres-Cordero y Nebot a actuar bajo la guía de un patriarca que lo resolviera todo, que les diera un norte y les anunciara los tiempos para la paz y para la guerra, se muestran incapaces de organizarse para siquiera pensar en una alternativa propia al fracaso de esta administración municipal.

Las fuerzas vivas de Quito, que primero aceptaron con pesimismo la idea de que nunca más tendrían un alcalde fuerte y legitimado por las mayorías, ahora se congratulan satisfechas porque sacaron a un presidente del Consejo de la Judicatura que hoy tiene por relevo a un economista y mañana, sin duda, a otro gobiernista.

Pareciera que ya no hay ningún límite sino el que impone la veleidad del ecuatoriano, que a veces es muy paciente y otras veces va tumbando gobiernos, y que busca caudillos pero nunca los acompaña hasta el final ni los deja eternizarse. Si es así, a este país solo le esperan tiempos peores, porque cuando llegue el siguiente tirano se encontrará a un país sin ningún medio para defenderse, aparte de rezar.