Columnas

Perros y gatos

Los gatos, siempre misteriosos, esconden su celo sexual prudentemente en los tejados.

El mito bíblico, creación de los judíos autores del Viejo y Nuevo Testamento, en el que cree a pie juntillas la gran masa de la población cristiana mundial, en el Génesis, con el que se inicia el Pentateuco, afirma que la especie humana tuvo sus primeros padres en Adán y Eva que, por razones por todos conocidas, fueron expulsados del paraíso para que “se ganen el pan con el sudor de su frente”. Sin embargo, nada se dice de los inicios de la especie zoológica, que es de suponerse se conformó por generación espontánea, sin inventarse siquiera la fábula, por ejemplo, de que la vaca fue creada con una de las costillas del toro. Y si bien los humanos tenemos una misma figura biológica, los animales se diferencian al contarse como miles de especies tan distintas, que van desde la diminuta hormiga hasta la jirafa de largo cuello.

De esos animales que pueblan el planeta, los humanos han considerado como caseros y dignos, por lo tanto, de ser criados y amparados en los hogares, a los perros que ladran con el consabido “guau” y a los gatos que maúllan con su inconfundible “miau”, a los que se podría agregar ciertas aves y peces a los cuales se somete a prisión perpetua al encerrarlos como adorno en las crueles jaulas o peceras.

De los canes se conoce la vieja y repetida frase: “El perro es el mejor amigo del hombre”, aunque los iracundos sujetos entren sus casas “pateando al perro” y los míseros afirmen que “sufren una vida de a perro”. Los gatos, siempre misteriosos, esconden su celo sexual prudentemente en los tejados.

Por esa afinidad humana hacia los canes y hacia los felinos también se han creado organismos que se encargan de proteger a los perros callejeros que no tienen dueño que los ampare, y a los gatos, en menor escala, que andan como trapecistas por las paredes de las casas ajenas. Se les muestra así un amor, se supone que correspondido por estos cuadrúpedos ya que, además, no podría darse el caso de que los animales racionales que decimos ser, tomemos como “mascotas” a una serpiente venenosa, a un vampiro sediento de sangre o a un lagarto de muy peligrosa mandíbula.