Columnas

Insectos y “pata-patas”

El maestro partió a los 91 años, dejándonos su maravilloso legado, que representa una buena parte de la mejor plástica ecuatoriana

Me siento obligado como autor de esta columna a pagar una deuda a la memoria de uno de nuestros más grandes y originales pintores, Enrique Tábara, que abandonó este mundo hace poco , habiendo cruzado ya la edad nonagenaria, dentro de una vida que cumplió como autor de una larga creación plástica.

Hace pocos días fui espectador de una entrevista que le realizó Christian Johnson hace algún tiempo atrás. A través de sus palabras y confesiones, Tábara contaba que como alumno de primaria nunca se interesó por la gramática, geografía, historia, etc., ya que su único trabajo escolar era dedicarse a dibujar sobre su pupitre. Al terminar sexto grado, pese a estas deficiencias pedagógicas, el director de la escuela le dio la aprobación de primaria considerando que se trataba de un niño prodigio en el arte. De allí pasó directamente a la Escuela Municipal de Bellas Artes en donde se entregó por entero a su pasión creativa.

Recuerdo al Tábara de inicios de los años 50 del siglo pasado con sus cuadros figurativos y de encendidos colores con personajes locales; muy porteños. Poco después partió a España, acogiéndose a una beca para ingresar a la Academia de Bellas Artes en Madrid. Hasta tanto su pintura había cambiado, volviéndose más mágica, menos realista. Años más tarde, ya de regreso a su solar nativo, inició la serie pictórica a la que algún amigo o admirador le puso el nombre de “pata-patas”, con gran cantidad de cuadros en que las extremidades inferiores de los seres humanos aparecen y reaparecen en todos los lugares y tiempos de su creación. Sin abandonar esa línea inició luego una nueva serie dedicada a los insectos, siempre con la obsesión y necesidad de ser muy original. Gracias a su generosidad puedo adornar la sala de mi casa con una enorme araña con los más atractivos colores.

Tábara es, sin lugar a dudas, una de las figuras más destacadas de nuestro país, junto a Guayasamín, Kigman, Constante, Espinel, entre otros. Diferente y obsesivo, haciendo uso de su temperamento tropical, nos ha dado una obra muy original. Doy fe de su calidad de gran dibujante por dos retratos que me hizo para ilustrar un par de libros de poemas de mi autoría. El maestro partió a los 91 años, dejándonos su maravilloso legado, que representa una buena parte de la mejor plástica ecuatoriana.