Columnas

Cifras alarmantes

'Ecuador es el país con más número de víctimas en Latinoamérica, compitiendo en cifras con naciones europeas como España e Italia’.

El tan conocido periódico norteamericano, New York Times, en una de sus últimas ediciones acaba de dar una información que resulta más que alarmante para los ecuatorianos, que a lo mejor desconocen la tan grave realidad a que nos ha conducido la pandemia del COVID-19, con una muy elevada cifra de contagiados y víctimas mortales.

Ya nuestro propio Registro Civil nos está informando que la cifra de fallecidos durante un corto período de tiempo llega a ocho mil, superando la acostumbrada, de dos mil en el mismo lapso; es decir, que se habría cuadruplicado. Por su parte, el rotativo gringo afirma que el Ecuador es el país con más número de víctimas en Latinoamérica, compitiendo en cifras con naciones europeas como España e Italia, puesto que la cantidad de personas que han perdido la vida con la “peste amarilla” es quince veces mayor que las cifras que nos está entregando, se supone con la debida cautela para evitar el pánico colectivo, el Gobierno nacional. Lo que quiere decir que el total de fallecidos pasaría de los veinte mil.

Y en cuanto a cifras hiperbólicas, allí no se cierra este fenómeno informativo. También tiene que ver con la gran tasa de desocupación que se nos viene encima. El ministro del ramo (o sea “el del camello”, como se dice en lenguaje criollo) anunció hace dos semanas que en nuestro país se había producido la pérdida de 5.000 plazas de trabajo. Lo que debe haber ido aumentando hasta la fecha por el continuo despido de empleados y trabajadores que se sigue produciendo por la falta de ingresos de las empresas ante tan larga paralización de actividades.

Y, finalmente, en cuanto a cifras alarmantes, por su parte las autoridades de policía nos han dado a conocer que en menos de dos semanas recibieron más de diez mil llamadas de emergencia de mujeres que estaban siendo amenazadas dentro de la violencia de género, se supone producto de esta suerte de “prisión domiciliaria” que convierte a los maridos y convivientes en sujetos altamente agresivos por el cansancio que debe producir la exagerada intimidad.