Riesgo país a segundo lugar
La experiencia nos acerca más al cuento del escorpión y la rana
Hace cuatro días el nivel de Riesgo País ecuatoriano superó al argentino. El Banco Central del Ecuador (BCE) publicó que alcanzó los 2.018 puntos, mientras que el argentino se mantuvo en 2.011 puntos. Este nivel fue el más alto de todo el período presidencial actual que empezó en 714 puntos. Ni la marcha indígena de julio de 2022 (1.200 puntos) o las posteriores mesas de diálogo (1.900 puntos) causaron un incremento tan fuerte como el causado por la combinación de elementos que se viven hoy. A saber, la posibilidad de recibir menos ingresos petroleros en el Presupuesto General del Estado (PGE), que se debe leer como la necesidad de identificar financiamiento adicional para atender los menores ingresos, las indemnizaciones y el “desmontaje” de la inversión en el bloque 43; la poca voluntad política para enfrentar la focalización de los combustibles y, entre otras, el bajo deseo de pagar los vencimientos de deuda de los bonos colocados en los mercados internacionales de parte de algunos candidatos con posibilidades de llegar a la presidencia de la República.
Tres son los bonos principales que permiten determinar el nivel de riesgo país. Se los denomina en función de su año de vencimiento. Luego de la última recompra con fines ambientales por las Galápagos, quedan USD 3.499 millones (M) del Bono 2030, cuyo rendimiento se ubicó al 3 de agosto en 29,2 %; USD 7.453M del Bono 2035, que se negocian con 24,2 % de rendimiento; y USD 2.983M del Bono 2040, cuyo rendimiento fue 20,6 %. En promedio el rendimiento al que se pueden conseguir los bonos en el mercado internacional es de 23,36 %. Si a ese rendimiento promedio se le resta el rendimiento de los Bonos del Tesoro Americano obtendríamos una referencia para estimar el riesgo país.
Ese 23,36 % de rendimiento promedio brinda una idea del nivel de costo financiero que tendría que enfrentar el país al día de hoy si se acercara a los mercados internacionales a solicitar fondos. En realidad es una puerta de financiamiento cerrada innecesariamente. La última negociación de 2020 redujo drásticamente los costos financieros de los bonos, permitió pagar “en diferido” intereses del año de pandemia y amplió los plazos para amortizar la deuda.
Es complicado creer que se aplique aquel dicho popular “perro que ladra no muerde” de algunos candidatos que insisten en poner en duda el pago de los primeros USD 700 millones del bono 2030, que ocurrirá en 2026, ya que pondría en aprietos la identificación de más de USD 8.000 millones que se necesitarán para enfrentar cada año de aquí en adelante para pagar los vencimientos de deuda y el enorme déficit fiscal que aún mantenemos.
La experiencia nos acerca más al cuento del escorpión y la rana, en la parte en que mientras es trasladado de una orilla a otra, el escorpión clava su aguijón en la rana, acabando con la vida de ambos. Y ante la pregunta del porqué se obtiene como respuesta: “no he podido dejar de ser quien soy”.
Es lo mismo en tema de deuda externa. Nos causa más problema que solución ir contra los que nos financian, pero no pueden dejar de ser quienes son. De esto ya hay bastante evidencia y el nivel incremental de riesgo país va mostrando que el escorpión está desesperado queriendo cruzar el charco.