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Fausto Ortiz | Inseguridad: la certeza que eclipsa los demás riesgos

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Al final tenemos un solo problema, y se requiere una mesa lo suficientemente grande para discutir cómo enfrentarlo

No se trata de ‘querer quedarse’, como alguna vez lo planteó un país vecino en su propaganda para reforzar la idea de continuidad industrial. Se trata de reconocer que, en el tablero de riesgos, hay piezas que no podemos ignorar y que definen el presente y el futuro inmediato.

En un ejercicio con inteligencia artificial (IA), pedí una matriz que ordenara riesgos según impacto, probabilidad y nivel de criticidad. El objetivo: entender si enfrentamos amenazas nuevas o si seguimos lidiando con viejos conocidos.

Los riesgos climáticos aparecen con impacto y probabilidad media, y un nivel moderado. Sin embargo, el año pasado fueron críticos: el mayor estiaje en décadas golpeó con fuerza. La mitigación es posible en áreas como generación eléctrica, control de inundaciones o permisos de construcción. En lo eléctrico hemos avanzado poco, llenos de buenas intenciones.

El petróleo se ubica como un riesgo de nivel alto, tanto por precio como por producción. La probabilidad de que el precio se mantenga bajo o se desplome es alta, con impacto medio. La caída de la producción tiene probabilidad media y gran impacto.

Hoy, lo que ocurra con el precio del crudo en mi opinión, no es de elevada importancia. De hecho, sería positivo que se mantenga en los niveles actuales un par de años para consolidar la subida del precio del diésel y medir la reducción del consumo de 1.700 millones de galones anuales, dimensionando el contrabando y comparando consumos fronterizos.

El buen momento de exportaciones no petroleras, que llevará al camarón a superar los USD 8.000 millones en 2025, a cacao a acercarse a los USD 5.000 millones, y en conjunto a banano y minería también pasar la barrera de los USD 8.000 millones, nos da un gran espacio de tiempo para ver, analizar y actuar sobre el sector petrolero. Debe recuperar su producción para que aporte un punto al crecimiento del PIB en este 2026, que en 2025 le restó.

La matriz de consensos de la IA ubica como riesgos críticos la inseguridad, la inestabilidad política y el deterioro fiscal, todos con alta probabilidad e impacto.

La inestabilidad política nos acompaña desde hace dos siglos; la caída de presidentes, como en Perú, desde hace 25 años; el impacto en el riesgo país por tensiones con la deuda externa, desde hace dos décadas. Son riesgos estructurales, parte del entorno que no deberían sorprendernos más.

El deterioro fiscal es otro viejo conocido. La última vez que hubo superávit fue en 2008. Moverse en aguas turbulentas de déficit y financiamiento es complejo, pero un buen manejo puede contenerlo.

El tercer riesgo crítico es la inseguridad, cuya probabilidad alta debería sustituirse por certeza. Ya está aquí, instalada, con vocación de permanencia y capacidad de alterar lo establecido.

Podemos confiar en que llueva para evitar apagones, en que un modesto incremento de producción petrolera aporte al crecimiento, o en que los políticos sigan en su tarea mientras discutimos el mediocre desempeño económico. Pero mirar hacia otro lado no es opción frente a la inseguridad.

Al final tenemos un solo problema, y se requiere una mesa lo suficientemente grande para discutir cómo enfrentarlo. La inseguridad no es un riesgo: es la certeza que condiciona nuestro presente.