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Fausto Ortiz | El arte de valorar empresas

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Empezamos con definir claramente que el valor dependerá de para quién se lo está preparando

Uno de los recuerdos que atesoro con más cariño es el arranque del texto que usábamos al presentar el informe final de una valoración de empresa: “la valoración de empresas es un arte”. Quizás porque depende de cada artista darle su toque que incorpore su estilo, su percepción, su interpretación. Es claro que no es un número fijo y único, pero incorpora muchos elementos comunes que son usados por quienes hacemos de este ejercicio nuestro medio para sentirnos vivos profesionalmente.

Empezamos por definir claramente que el valor dependerá de para quién se lo está preparando. No es lo mismo el valor si será utilizado por el potencial comprador o el actual vendedor, tampoco si la empresa es de reciente creación o está en sus finales. Incluso ahora, todo cambia cuando se trata de una empresa en el campo altamente tecnológico.

Si es nueva, el valor que aparece en el balance como patrimonio sirve de base para dar una idea del valor de esa empresa. Si se va acabando su vida útil, valorar los activos y pasivos bajo modo de liquidación es una opción que no debe ser descartada.

En la mitad de los dos escenarios hay una amplia gama de resultados. En lo personal prefiero conocer hacia dónde voy y contar con una buena historia que me acompañe a descubrir el resultado final.

Se camina de lo macro a lo micro. Incorporo datos del entorno económico, el crecimiento, la inflación, el riesgo país, la expectativa del largo plazo. Bajo levemente a la industria, sigo pegado al marco de análisis de Porter para conocer cómo se compite y quién tiene poder en dicha industria que podría registrar intensidad al momento de interactuar con otros iguales o sustitutos. No dejo pasar la opinión de quienes hacen posible que el negocio siga en marcha, para luego terminar en mi campo favorito: los números.

No hay determinación de valor para una empresa en la que no empiece haciendo dos ejercicios sencillos. La utilidad operativa multiplicada por un número que va de 5 a 9 y que usualmente se escoge observando qué ‘múltiplo’ es usado en otros mercados para una industria de características similares a la propia. El otro ejercicio, poco menos sencillo, es dividir la utilidad neta libre de gastos financieros más la depreciación, para un rango que va de 12 % a 15 %, intentando estimar a mano alzada un flujo perpetuo del negocio en marcha.

Quedan anotados entonces dos números, o un rango construido sobre esas dos estimaciones preliminares. Se les incorpora un tercer elemento que no siempre cae dentro del rango: la opinión del que ordena la valoración del negocio.

Las proyecciones empiezan. El plazo nunca es menos de 5 y pocas veces más de 10. Aunque tenga deuda, siempre proyectar un flujo ‘desapalancado’ y volverla a utilizar al finalizar el trabajo. No olvidarse de que el crecimiento demandará capital de trabajo y que no habrá crecimiento si no se efectúan inversiones.

Huir de resultados tremendamente positivos luego de históricos negativos. Al menos intentar que justifiquen esos milagros. Huir también del buen valor que se genera luego del plazo de proyección.

Jamás sumar dinero en el tiempo sin una buena tasa de descuento que incorpore la proporción deuda a capital apropiadamente calculada. Escuchar y argumentar defendiendo tu obra de arte.