Ernesto Albán Ricaurte | Las muñecas de la mafia
Para que exista esa vida de lujos debe existir una estructura: alguien paga, alguien encubre, alguien legitima
Les dicen ‘muñecas de la mafia’ y algunos lo tratan como farándula. Pero no es entretenimiento: es propaganda del crimen. Es la vitrina de una economía ilegal que mata, extorsiona, secuestra, compra jueces y silencios. Mientras el país cuenta cadáveres, en redes sociales se premia el lujo como si fuera mérito.
Lo incorrecto no es la cartera, el viaje, la fiesta o el auto: es el mensaje de que el delito paga. Que el crimen organizado haya convertido su botín en aspiración social no es una anécdota: es una derrota cultural. Ya no necesita imponerse con balas: se instala con ‘glamour’, acceso social y la promesa de pertenecer. Y cuando una sociedad aplaude eso, el crimen se vuelve modelo.
Las ‘muñecas’ son apenas el síntoma de lo que opera detrás: lavado, protección, padrinazgos, corrupción y un ecosistema de poder que abre puertas sin hacer preguntas. Para que exista esa vida de lujos debe existir una estructura: alguien paga, alguien encubre, alguien legitima. El crimen organizado ya no es un fenómeno marginal: se sienta con empresarios, se codea con políticos, compra influencia e impone reglas.
Cuidado con el atajo moralista de cargar todo el problema sobre mujeres jóvenes, eso solo sirve para insultar, señalar, y, sobre todo, distraer. La pregunta no es ¿quién presume?, sino ¿quién financia?, ¿quién protege?, ¿quién lava?. Mientras el país juzga la vitrina, los dueños de la maquinaria siguen intocables.
Vivimos una tragedia. Para demasiados jóvenes, el ascenso social más rápido parece venir del atajo criminal; la honestidad se siente lenta y la ilegalidad se exhibe como ‘exitosa’; el Estado aparece como obstáculo y el narco como oportunidad. Cuando el dinero sucio compra admiración, el daño ya no es solo individual.
No es una moda. Es una realidad. El crimen organizado no solo disputa territorios: recluta a nuestros jóvenes, normaliza el atajo criminal como vía de ascenso y erosiona la esperanza de construir un futuro por la vía legal.