Ernesto Albán Ricaurte | Enrique Ayala Mora
Ayala Mora ha sido ante todo un maestro. No se limitó a escribir libros, los convirtió en instrumentos de trabajo
El martes 25 de noviembre de 2025, en el Refectorio del Convento Máximo de Santo Domingo, en Quito, asistí a un acto que honra al Ecuador. En ese claustro, marco ideal para los reconocimientos, se celebró la trayectoria de Enrique Ayala Mora, a propósito de la reciente obtención del Premio Mundial Latinoamericano de Ciencias Históricas, que recibió meses atrás en Castellón, España. No fue un acto protocolario más, sino un agradecimiento público a una vida entregada a pensar en el país, educar a sus jóvenes y defender a quienes menos tienen.
El legado de Ayala Mora se entiende, sobre todo, en las aulas. Con la Nueva Historia del Ecuador y sus manuales de historia y cívica, acompañó la formación de generaciones que aprendieron a mirar críticamente el pasado. La creación de la Universidad Andina Simón Bolívar, de la que fue uno de los principales artífices y su primer rector, durante casi dos décadas, resume esa vocación pedagógica: una casa de estudios exigente, pública y regional. En colegios, universidades y en la propia Andina, Ayala Mora ha sido ante todo un maestro. No se limitó a escribir libros, los convirtió en instrumentos de trabajo; explicó pacientemente procesos complejos, y enseñó a discutir sin miedo. Buena parte de sus investigaciones las realizó antes de que existieran los sistemas informáticos actuales, lo hizo entre archivos y hemerotecas: prueba de una disciplina paciente y de un respeto profundo por el oficio de investigar, enseñar y aprender.
No es posible separar al historiador del ciudadano comprometido. Desde una militancia de izquierda socialista, defendió siempre a los más vulnerables, al Estado social de derecho y a la política entendida como servicio. En un país de discursos huecos y cambios oportunistas de camiseta, su coherencia ideológica es una lección ética.
Por eso el marco del Convento de Santo Doming fue perfecto. Por un momento, en ese claustro, el país dejó de aplaudir improvisados y reconoció a quien ha sido serio con la historia, exigente con la universidad y decente en la política.