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Eduardo Carmigniani | Libre difusión de contenidos

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“La libertad de expresión necesariamente incluye el derecho de decidir libremente qué contenidos difundir”

Hace seis meses recordé aquí que la primitiva Ley de Comunicación, de junio de 2013, pretendió coartar a los directivos de los medios su manejo, y que una de las cortapisas fue disimulada tras un mensaje buenista: a guisa de impedir la censura previa -que por definición prohíbe que autoridades o funcionarios públicos se entremetan en lo que se va a publicar- la amplió a “cualquier otra persona que en el ejercicio de sus funciones o en su calidad revise, apruebe o desapruebe los contenidos previos a su difusión” (art. 18), es decir a directores o editores.

Semejante intromisión en la libertad de prensa fue eliminada con ley de febrero de 2019, que limitó la prohibición de censura previa a autoridades o servidores públicos, como siempre debió ser. Mas como el afán de controlar a los medios independientes es insaciable, con proyecto aprobado por la Asamblea Saquicela en julio de 2022 se volvió a la carga, copiando igualito el texto original de la primitiva ley.

Eso fue vetado por inconstitucional por el presidente Lasso, quien argumentó que se restringiría la libertad de prensa si se impidiese que los directores o editores de medios fijasen la línea editorial que a bien tuviesen.

La Constitucional, en actuación que hoy muchos no quieren recordar, marcó claramente la cancha, no solo declarando inconstitucional que la prohibición de censura previa incluya a directores o editores, sino agregando que la libertad editorial “se enmarca dentro de la libertad de prensa y garantiza el derecho y prerrogativa de los medios de comunicación de regirse por los principios, creencias e ideologías que mejor crean convenientes [e incluye el] derecho a rechazar los que contradigan su línea editorial o los valores y postulados que defienden, ya que la libertad de expresión necesariamente incluye el derecho de decidir libremente qué contenidos difundir” (dictamen 3-22-OP/22, párrafo 98).

Es verdad que ya fue enterrada la Supercom y su cancerbero Ochoa. Pero nunca se puede cejar en mantener la libertad editorial. Pese a presiones de todo tipo tendentes a sojuzgarla.