Columnas

Diana Acosta-Feldman: Componenda

Los asambleístas no tienen sentados ni un mes y ya comienzan los escándalos

Los asambleístas ejercen una función pública, por lo tanto, son responsables política y legalmente, de sus acciones u omisiones, y el art. 127 de la Constitución tipifica lo que no pueden hacer, como por ejemplo, desempeñar otra función pública o privada, ni dedicarse a sus actividades profesionales, excepto la docencia universitaria; tampoco celebrar, ellos o sus compañías, contratos con entidades del sector público, gestionar nombramientos de cargos públicos, etc. Quien incumpla estas prohibiciones perderá la calidad de asambleísta, además de las responsabilidades que determine la ley.

Gestionar algo, según la RAE, significa hacer diligencias que conducen a un fin; para muchos una recomendación o ‘ayudadita al amigo’ no significa nada, pero es justamente aquello lo que les está específicamente prohibido a los asambleístas, por mandato constitucional.

Que la prensa exhiba la afirmación de un empresario que manifiesta que un “asambleísta le pidió su hoja de vida para su designación como gobernador” no es una cosa menor, ni puede pasar desapercibido, como mucho de lo ocurrido en este país, donde nos estamos acostumbrando a la cotidianidad de los actos de corrupción, considerando como normal el tráfico de influencias y a las componendas por parte de servidores públicos.

El tráfico de influencias (art. 285) y la oferta de realizar tráfico de influencias (art. 286), no están pintadas en el Código Penal, pues la Fiscalía en varias ocasiones ha obtenido sentencia de prisión por la sola oferta de tráfico de influencias, ya que ante la ‘notitia criminis’ es la Fiscalía a la que le corresponde investigar el delito, más allá de la obligación que tiene el Comité de Ética de la Asamblea Nacional sobre el control y sanción de este tipo de actos, reñidos con la Constitución y la “ética pública”.

Los asambleístas no tienen sentados ni un mes y ya comienzan los escándalos. Esperemos que no terminen como la Asamblea anterior, desprestigiada, con un alto rechazo popular, justamente por hacerse de la vista gorda ante las triquiñuelas de sus aliados, cognados y padrinos.