Columnas

La componenda de las conveniencias

A una institución que nos obliga a vivir bajo los cánones más estrictos, deberíamos poder exigirle idéntica reciprocidad en su actuar’.

Martín Lutero clavó sus 95 famosas tesis en una iglesia de Wittenberg en octubre de 1517. En un mundo en el que la gente compraba indulgencias a la Iglesia católica, que las vendía porque se había quedado sin dinero para terminar la construcción de la Basílica de San Pedro. Y la Iglesia se partió en dos.

Pero la incongruencia que movió a Lutero en 1517 no es ajena a nuestros días. El Catecismo de la Iglesia católica dice con resonante categoría que “la vida humana debe ser respetada y protegida de manera absoluta desde el momento de la concepción”, y decía -allí mismo, ocho párrafos más arriba- que “las penas deben ser proporcionales a la gravedad del delito, sin excluir en casos de extrema gravedad, la pena de muerte”. Es decir, aceptaba la pena de muerte.

Tuvo que llegar Francisco en el 2017 a cambiar las cosas. Reformó el texto para que dijera: “Durante mucho tiempo el recurso a la pena de muerte por parte de la autoridad legítima, después de un debido proceso, fue considerado una respuesta apropiada a la gravedad de algunos delitos y un medio admisible, aunque extremo, para la tutela del bien común (...). Hoy está cada vez más viva la conciencia de que la dignidad de la persona no se pierde ni siquiera después de haber cometido crímenes muy graves (...). Por tanto la Iglesia enseña, a la luz del Evangelio, que «la pena de muerte es inadmisible, porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona», y se compromete con determinación a su abolición en todo el mundo”.

Hoy, Francisco y Joe Biden son los dos católicos con más alto perfil que tiene el mundo, pero en EE. UU., ninguno está marcando el camino de la Iglesia.

Hace poco, los obispos de EE. UU. resolvieron, por cuenta propia y desafiando al Vaticano, establecer “guías para la Eucaristía”, con el propósito final de negarle la comunión al presidente Biden por su apoyo a los derechos de los homosexuales. Olvidando que ya Francisco había dicho que “la gente homosexual tiene derecho a estar en una familia. Son hijos de Dios (...). Nadie debería ser expulsado o sentirse miserable por ello. (...) Lo que tenemos que crear es una ley de unión civil”.

La polarización de la Iglesia no es nueva; simplemente, hoy, los interesados están aprovechando cualquier oportunidad (aunque choque contra normas y doctrina -porque de hecho choca abiertamente contra ellas-) para poner distancia con el Vaticano.

La pregunta clave es: ¿cuántos de esos obispos de EE. UU. (la mayoría republicanos, a los que, como tales, les venía bien la posición antigua de la Iglesia frente a la pena de muerte) establecerían en esas “guías para la Eucaristía” para negarle la comunión a políticos republicanos que hoy la apoyen?

A una institución que nos obliga a vivir bajo los cánones más estrictos, deberíamos poder exigirle idéntica reciprocidad en su actuar.

¿Por qué acá no han pedido negarle la comunión al presidente Lasso -devoto católico- cuando dijo que, incluso estando en desacuerdo, iba a respetar una resolución de la Corte Constitucional que despenalizó el aborto por violación?

“Por creer que todo es blanco o negro a veces cerramos el camino de la gracia y del crecimiento, y desalentamos caminos de santificación que dan gloria a Dios” (Francisco, ‘Amores Laetitia’).

Los obispos que se creen Lutero deben ser consecuentes; claven sus tesis, o quédense callados.