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Jaime Izurieta Varea | Olga Fisch, el Andino y la ciudad del futuro

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Este renacimiento llegó no con la tecnología sino con un cambio profundo de mentalidad

Tierra bendecida por el ceviche, el verde y el morocho; dueña de cuatro mundos y de una gente cuya amabilidad es casi legendaria. Sin embargo, seamos honestos: nuestro país no se ha destacado precisamente por sus grandes diseñadores.

Nuestra historia industrial tiene capítulos casi cómicos. El más tierno es, quizás, el del ‘Andino’. Ese cruce genético entre un tractor de carga y una caricatura estudiantil que intentó, con más fe que aerodinámica, posicionar la industria nacional. Es un clásico recordado con una mezcla de cariño y vergüenza ajena. Luego vinieron el ‘Cóndor’ y el ‘San Remo’, que cumplían, pero no inspiraban.

En nuestras urbes, la historia es similar. Más allá del esplendoroso legado virreinal, el diseño memorable brilla por su ausencia. Incluso nuestras artesanías sufrieron un proceso de homogeneización que ha dejado el alma y la calidad en el camino.

En medio del desierto, emergieron figuras como Olga Fisch y Peter Mussfeldt, quienes tuvieron la lucidez de ver más allá de lo evidente. Fisch elevó el arte popular a la sofisticación global, y Mussfeldt definió nuestra mirada gráfica, traduciendo nuestra historia y naturaleza en un lenguaje universal. Ambos demostraron que la identidad local podía ser un activo de lujo.

Hoy, gracias al desacoplamiento de los canales tradicionales, los creativos ya no necesitan permiso de las instituciones. El ascenso de la inteligencia artificial, las redes sociales y el abaratamiento de la microproducción, permiten que el talento prescinda de estructuras anquilosadas. Surge así un movimiento conectado a la tierra y a la historia, fruto de la creatividad y la globalización, que florece a pesar del caos institucional.

Este renacimiento llegó no con la tecnología sino con un cambio profundo de mentalidad. El futuro no se trata de reparar viejos muros, sino de construir plataformas.

Los diseñadores valientes se lanzaron al vacío y nos enseñaron cómo hacerlo; ahora le toca a la ciudad perder el miedo, demoler estructuras y diseñar su propio futuro.