Jaime Izurieta | Urbanismo de trinchera
La ‘ciudadela’ cerrada es la respuesta orgánica al miedo
La libre circulación es un derecho fundamental. Pero cuando la confianza se evapora y la preferencia temporal se dispara, la teoría cede ante la urgencia en forma de garitas, plumas y controles de acceso en barrios que antes estaban abiertos. No como acto de esnobismo ni capricho de exclusión, sino como síntoma visible del vaciamiento de la confianza.
Mientras los planificadores urbanos discuten sobre la ‘ciudad abierta’ y la estética del espacio público desde oficinas con aire acondicionado, y los activistas e intelectuales recriminan desde inviables agendas ideológicas, la realidad en la calle opera según la lógica de la supervivencia.
El ciudadano, al verse huérfano de un Municipio que desatiende necesidades esenciales como la seguridad y las vías transitables, ha decidido resolverlo. Y esa resolución tiene forma de barrera automática.
La respuesta de la burocracia municipal y de los activistas suele ser la sospecha, la traba y la multa. Existe una obsesión por controlar hasta el último metro cuadrado del suelo urbano, causando una hipertrofia regulatoria. Olvidan que a lo largo de la historia, las ciudades prosperaron cuando la autoridad se limitaba a trazar los ejes estructurales y dejaba que la ciudadanía llenara los vacíos, emprendiera y cuidara su entorno inmediato.
El modelo de seguridad centralizado en municipios burocratizados e ineficientes ha colapsado. Las garitas son una oportunidad de oro. Al permitir y normar con agilidad que los barrios se autoprotejan, la autoridad local podría liberar recursos inmensos. Dejar que el vecino cuide su cuadra permitiría que el Municipio enfoque sus limitados recursos y su personal en lo que realmente importa: las grandes arterias, los espacios de convergencia masiva y la infraestructura crítica.
La ‘ciudadela’ cerrada es la respuesta orgánica al miedo, el último refugio del maltratado contrato social. Criminalizarla es negar la realidad. La movida valiente es permitir que la gente reconstruya, desde la garita hacia adentro, la comunidad que el Estado dejó morir.