Columnas

Virtual y etéreo

"...casi de la noche a la mañana, el mundo tuvo que, a zancadas, convertir todas las clases en virtuales. Y aquí, los más pequeños, los de edad escolar –y sus padres- han salido perdiendo casi por todos lados"

De mis tres hijos, por sus edades, solo al menor le jugó el número de recibir clases en línea como consecuencia de la pandemia; pero ya en su último año de universidad. Y si bien es cierto que el mundo de alguna manera estaba orientándose ya hacia ese estilo de educación, aquello encaja principalmente para cursos de formación superior o maestrías, donde el estudiante sabe a lo que va y sabe lo que quiere, lo que suele significar que la disciplina y la dedicación van implícitas.

Pero de pronto, casi de la noche a la mañana, el mundo tuvo que, a zancadas, convertir todas las clases en virtuales. Y aquí, los más pequeños, los de edad escolar -y sus padres- han salido perdiendo casi por todos lados.

¿Había alternativa? No; ese era el camino. Pero como suele suceder, nos vamos acostumbrando a las cosas y por momentos dejamos de analizarlas en el tiempo y de la manera que corresponde.

Las desventajas de la educación virtual son muchas. Desde la primera: se presume que todos tienen acceso a internet (y a buen internet), lo que es un error en un país como el nuestro, con mediocre conectividad. Por otro lado, los niños no interactúan debidamente entre ellos; los profesores -y los alumnos- no están debidamente entrenados para este tipo de educación; es tremendamente fácil aburrirse para el alumno (y no hay manera eficiente de que el profesor le llame la atención); hay un distanciamiento evidente que vuelve todo más etéreo; los padres terminan siendo los que deben monitorear a sus hijos en un nivel distinto (que no les corresponde a ellos, sino a los maestros); el alumno no tiene la facilidad de levantar la mano y decir ‘no entiendo’; es fácil para el profesor decir ‘yo explico, su hijo no entiende o no trabaja’ (circunstancia que sería marcadamente diferente con clases presenciales)... y -sin que esas sean todas las desventajas- el colegio, por lo general, sigue cobrando lo mismo por un servicio que termina siendo -no por culpa del colegio, aclaro- por decir lo menos, mediocre. Los resultados académicos de las clases en línea son marcadamente inferiores a aquellos producto de clases presenciales.

Nos hemos adaptado. Y si bien es cierto que en esta segunda ola de infectados lo más prudente es -hoy- mantener cerrados los colegios, se perdió la oportunidad en su momento de retomar las clases presenciales con sensatos protocolos de bioseguridad; y esos meses perdidos -que hubiesen sido un respiro- hoy son más lastre para un sistema colapsado.

Veo todos los días a una de mis empleadas domésticas vivir la mañana entera preocupada por las clases en línea de sus dos hijas pequeñas que se conectan desde mi hogar, y luego, en las tardes, preocupada por las tareas y lecciones... veo el traslado de buena parte de la carga de educar de las escuelas y colegios hacia los padres de los alumnos, en asuntos que deben corresponder a los maestros y a los establecimientos educativos. En buena parte, porque es más fácil seguir como estamos, con autoridades que no entraron a tiempo al análisis debido sino que en sus mesiánicos ‘power trips’ se conformaron con el ‘statu quo’.

Seguimos adaptándonos darwinianamente a casi todo, pero en ese proceso -donde hay más dudas que doctrina- debemos divorciarnos del letargo y erosionar nuestro apego a lo cómodo cuando hay salida.