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Diario Expreso Ecuador

Virtual y etéreo

"...casi de la noche a la mañana, el mundo tuvo que, a zancadas, convertir todas las clases en virtuales. Y aquí, los más pequeños, los de edad escolar –y sus padres- han salido perdiendo casi por todos lados"

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De mis tres hijos, por sus edades, solo al menor le jugó el número de recibir clases en línea como consecuencia de la pandemia; pero ya en su último año de universidad. Y si bien es cierto que el mundo de alguna manera estaba orientándose ya hacia ese estilo de educación, aquello encaja principalmente para cursos de formación superior o maestrías, donde el estudiante sabe a lo que va y sabe lo que quiere, lo que suele significar que la disciplina y la dedicación van implícitas.

Pero de pronto, casi de la noche a la mañana, el mundo tuvo que, a zancadas, convertir todas las clases en virtuales. Y aquí, los más pequeños, los de edad escolar -y sus padres- han salido perdiendo casi por todos lados.

¿Había alternativa? No; ese era el camino. Pero como suele suceder, nos vamos acostumbrando a las cosas y por momentos dejamos de analizarlas en el tiempo y de la manera que corresponde.

Las desventajas de la educación virtual son muchas. Desde la primera: se presume que todos tienen acceso a internet (y a buen internet), lo que es un error en un país como el nuestro, con mediocre conectividad. Por otro lado, los niños no interactúan debidamente entre ellos; los profesores -y los alumnos- no están debidamente entrenados para este tipo de educación; es tremendamente fácil aburrirse para el alumno (y no hay manera eficiente de que el profesor le llame la atención); hay un distanciamiento evidente que vuelve todo más etéreo; los padres terminan siendo los que deben monitorear a sus hijos en un nivel distinto (que no les corresponde a ellos, sino a los maestros); el alumno no tiene la facilidad de levantar la mano y decir ‘no entiendo’; es fácil para el profesor decir ‘yo explico, su hijo no entiende o no trabaja’ (circunstancia que sería marcadamente diferente con clases presenciales)... y -sin que esas sean todas las desventajas- el colegio, por lo general, sigue cobrando lo mismo por un servicio que termina siendo -no por culpa del colegio, aclaro- por decir lo menos, mediocre. Los resultados académicos de las clases en línea son marcadamente inferiores a aquellos producto de clases presenciales.

Nos hemos adaptado. Y si bien es cierto que en esta segunda ola de infectados lo más prudente es -hoy- mantener cerrados los colegios, se perdió la oportunidad en su momento de retomar las clases presenciales con sensatos protocolos de bioseguridad; y esos meses perdidos -que hubiesen sido un respiro- hoy son más lastre para un sistema colapsado.

Veo todos los días a una de mis empleadas domésticas vivir la mañana entera preocupada por las clases en línea de sus dos hijas pequeñas que se conectan desde mi hogar, y luego, en las tardes, preocupada por las tareas y lecciones... veo el traslado de buena parte de la carga de educar de las escuelas y colegios hacia los padres de los alumnos, en asuntos que deben corresponder a los maestros y a los establecimientos educativos. En buena parte, porque es más fácil seguir como estamos, con autoridades que no entraron a tiempo al análisis debido sino que en sus mesiánicos ‘power trips’ se conformaron con el ‘statu quo’.

Seguimos adaptándonos darwinianamente a casi todo, pero en ese proceso -donde hay más dudas que doctrina- debemos divorciarnos del letargo y erosionar nuestro apego a lo cómodo cuando hay salida.

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