Columnas

Siempre, siempre se cosecha

"El imperio de la ley implica el reconocimiento del principio de legalidad. Abarca los mecanismos, procesos, prácticas y normas que respaldan la igualdad de las personas ante la ley y somete a los agentes del Estado y a los particulares a la autoridad de la norma, aplicada por un juez imparcial en un juicio justo"

El escándalo sobre la adquisición y uso indebido de carnés de discapacidad, que en su momento llenó todos los canales de noticias, parece que cayó dentro de las fronteras tibias del aquí-no-pasa-nada. Tal fue la magnitud de los hechos irregulares -y tanta la gente implicada- que parece que los llamados a perseguirlos prefirieron bajarle el volumen al tema, quién sabe si porque ellos o alguien cercano estaba implicado en el asunto.

Como dije en algún otro artículo en esta columna, pocos delitos resultaban tan fáciles de perseguir y castigar, pues en este caso los delincuentes habían cometido la falta con firma, foto y número de cédula.

Hoy el debate se centra en la destitución de un asambleísta que habría cometido esa falta, y su defensa consiste básicamente en descalificar a los que están en su contra y en sostener que nadie ha presentado más proyectos de ley que él.

Y aquí es donde, por lo general, nos confundimos. Porque cometida la falta, la falta debe juzgarse, sin importar nada más. Ese es el imperio de la ley. Por más que voces clamen que el castigo es desproporcionado, el castigo siempre estuvo allí para el que adecuaba su conducta a la hipótesis.

El imperio de la ley implica el reconocimiento del principio de legalidad. Abarca los mecanismos, procesos, prácticas y normas que respaldan la igualdad de las personas ante la ley y somete a los agentes del Estado y a los particulares a la autoridad de la norma, aplicada por un juez imparcial en un juicio justo. Sin importar si eres ministro, presidente, asambleísta, juez o fiscal... no importa a cuánta gente hayas servido, a cuántos hayas juzgado o cuántos proyectos de ley hayas presentado.

Lamentablemente, hemos vivido divorciados de ese imperio, y nos hemos acostumbrado a ello. Hemos invocado su dureza cuando nos ha sido conveniente (llevándolo incluso más allá de lo que corresponde) y hemos apelado a su debilidad cuando la hemos necesitado (agradecidos del aquí-no-pasa-nada).

Pero todo esto se queda en teoría cuando el sistema resulta maleable a los intereses de quienes lo manejan... y allí está el verdadero divorcio. Ese es el puente que no hemos logrado cruzar. Seguimos en el crepúsculo oscuro de creer que vivimos bajo el imperio de la ley cuando en realidad el imperio que nos mueve es el propio, el que queremos construir porque nos conviene, a costa de cualquier cosa.

Miles (sí, miles) de carnés de discapacidad otorgados fraudulentamente... miles de personas delinquiendo con foto, firma y número de cédula... ¿y la noticia es que se destituye a un asambleísta por haber obtenido irregularmente ese carné? Esa sanción es política, no tiene que ver con lo que corresponde en el ámbito legal.

La noticia, la verdadera noticia, debiera venir en un documental en el que nos digan en qué cárcel están presos todos.

“El poder puede ser acaparado por los grandes, o robado a los inocentes; provee la facultad de elegir, pero es proclive a la corrupción. El uso del poder no debe tomarse a la ligera, porque siempre tiene consecuencias”. Y ya lo estamos viendo. Siempre cosechamos, siempre... por eso hay que tener cuidado con lo que se siembra.