Columnas

EE. UU. vuelve a un mundo distinto

Pero el mundo unipolar que lideraba ha quedado en el pasado

El primer viaje internacional del presidente de Estados Unidos, Joe Biden, supuso un soplo de aire fresco. Hizo gala de aplomo y solvencia en contraste con los pueriles excesos de Donald Trump. El viaje de Biden mandó un mensaje contundente: EE. UU. vuelve a estar en buenas manos, tendidas principalmente a sus aliados tradicionales. Pero el objetivo de Biden es mucho más ambicioso: impulsar un cierto renacimiento democrático a escala global, en contraposición a China y otras autocracias. Hoy, el Reino Unido se halla inmerso en inestabilidad política tras abandonar la Unión Europea. Biden requería reafirmar la “relación especial” que mantiene EE. UU. con RU mediante la adopción de una nueva Carta del Atlántico. Pero también exigía un recordatorio al primer ministro Boris Johnson de que RU debe cumplir los acuerdos con la UE respecto de Irlanda del Norte. Mas si Biden se ve obligado a escoger entre RU y UE, se decantará por la segunda. El G7 ha cambiado considerablemente. En los años 70, representaban prácticamente 70 % del PIB mundial en términos nominales, pero en las dos últimas décadas este porcentaje ha caído hasta el 45%. La apuesta de Biden por robustecer la cooperación con el G7 es digna de alabar, aunque ha producido resultados dispares. Las economías más ricas del mundo continúan quedándose muy cortas en sus esfuerzos por proveer de vacunas para COVID-19 a los países en vías de desarrollo, pero el reciente acuerdo del G7 a favor de un impuesto mínimo de sociedades del 15 % a escala global puede calificarse de “histórico”. Dado el peso cada vez más reducido del G7 a nivel internacional, la adopción de estos principios se hace más necesaria y compleja. El siguiente obstáculo a superar será el G20, donde la propuesta será recibida con reticencias por parte de países como China, cuyas prácticas comerciales y en materia de derechos humanos fueron duramente criticadas en el comunicado del G7. Luego Biden asistió a una cumbre de la OTAN en Bruselas. Una vez más, el foco se situó sobre China, tildada de “desafío” y mencionada a la par de Rusia. Las reuniones entre la Administración Biden y altos cargos de la UE tuvieron los efectos más tangibles: pusieron tregua a la larga disputa bilateral sobre los subsidios a las compañías aeroespaciales Airbus y Boeing. Todos los aranceles impuestos a raíz de la disputa han quedado suspendidos por cinco años. EE. UU. y la UE también se comprometieron a resolver sus diferencias sobre el comercio de acero y aluminio antes de fin de año. EE. UU. y Rusia siguen siendo adversarios en múltiples frentes, pero Biden dejó claro a Putin que, a diferencia de Trump, no reaccionaría a las transgresiones rusas mirando hacia otro lado, intentando llevar a cabo un complicado juego de equilibrios al explorar la posibilidad de alcanzar algunos entendimientos básicos con Putin y tal vez incluso de abrir una brecha entre Moscú y Pekín. En conjunto, el primer viaje internacional de Biden merece buena nota tanto por su planificación y ejecución. El presidente estadounidense logró marcar un perfil radicalmente distinto al de su predecesor, restablecer puentes con sus aliados europeos y evidenciar que su país se comportará como un actor responsable dentro del sistema multilateral (lo que EE. UU. lleva tiempo exigiendo a China). Los desacuerdos entre países democráticos no desaparecerán de la noche a la mañana, ni Occidente recuperará el peso que tuvo en el escenario global. EE. UU. está de vuelta y sobran motivos de celebración. Pero el mundo unipolar que lideraba ha quedado en el pasado.