Columnas

Entre dos idiotas (o no)

Muy sueltos criticamos, opinamos y pontificamos... y no nos detenemos a pensar que el auto mal estacionado puede ser de un médico que ha llegado con algo de apuro a comprar un medicamento para salvar #una vida...’.

A veces la vida resulta ser algo parecido a un estacionamiento lleno de autos, con un aparcamiento libre -con frecuencia justo uno bien apartado- y allí estamos nosotros, necesitando usarlo para nuestro vehículo. Casi siempre, sucede que tenemos algo de suerte y todo fluye; estacionamos bien y no pensamos dos veces en el asunto... pero otras, resulta que a uno o a ambos lados del espacio vacío se ha parqueado un idiota, de esos que sin el más módico o elemental sentido de respeto a los demás, se ha estacionado como si el mundo les perteneciese (y después de ellos, el diluvio).

Solemos maldecir en voz baja, pero ante la necesidad de usar el sitio para aparcar, hacemos malabares (a veces literalmente) para sortear la estupidez humana y ver de qué manera podemos estacionarnos, porque no tenemos alternativa. Y después de los necesarios esfuerzos terminamos estacionados de la única manera en la que era posible (y a veces esa única manera de aparcar, no es, pues, precisamente recto o como hubiésemos querido, porque estuvimos forzados a hacer lo que se podía con el espacio que había)... y seguramente deberemos apelar también luego a otros esfuerzos y a otras piruetas para bajarnos del carro si no podemos abrir bien la puerta.

Lo curioso del caso es que si al volver a nuestro auto (después de ir al dentista, comprar el regalo o tomarnos el café) el idiota o el par de idiotas por los que fuimos la mortadela del sándwich se ha ido y sus espacios están ya vacíos, el que resulta mal estacionado es uno. Y no sería raro que para entonces varias personas hayan visto aparcado nuestro auto y pensado que somos unos idiotas. Y, asimismo, no sería raro que al que estaba a nuestra derecha o a nuestra izquierda cuando estacionamos inicialmente, le haya tocado hacer las mismas piruetas que a nosotros porque el idiota era el que estaba estacionado al lado de él, y él tan solo estaba reaccionando por necesidad en el espacio que tenía.

A veces somos muy rápidos para pasar juicios de valor. Muy sueltos criticamos, opinamos y pontificamos... y no nos detenemos a pensar que el auto mal estacionado puede ser de un médico que ha llegado con algo de apuro a comprar un medicamento para salvar una vida... apuesto que si la vida en riesgo fuera la nuestra, no nos importaría tanto cómo aparcó el médico. Reconozco paladinamente que esta es una excepción (casi siempre se trata de un idiota).

La pandemia y los encierros nos han imbuido a la fuerza algún nivel de humildad. Hemos aprendido a valorar mejor las relaciones que tenemos; hemos descubierto que somos mucho -pero mucho- más frágiles de lo que pensábamos; hemos apreciado desde otra perspectiva la solidaridad, el temple y la reciedumbre. Y hemos descubierto que podemos vivir con mucho menos. Ojalá no perdamos con el tiempo esto, porque ya hemos perdido bastante.

Pero, en fin, sí, a todos los mal parqueados: por regla general, si camina como pato, si nada como pato y si vuela como pato... suele ser pato. Estaciónate bien. Pero los demás, no nos apuremos al juicio, nunca tenemos toda la información.

Ah, y una cosa más que definitivamente aprendimos a valorar y a agradecer -y a veces damos por descontado- es la tecnología. ¿Se imaginan lo que hubiese sido el encierro jugando “culebrita” en un Nokia 3310?