Columnas

Cooperar para una vacuna beneficia a todos

"Una inversión multilateral en una cartera diversificada de vacunas candidatas facilitará el aumento de la capacidad de producción una vez establecida la seguridad y eficacia de una de ellas".

Mientras países de todo el mundo estudian estrategias para desarrollar una vacuna contra la COVID-19, debería estar claro que el modo más rápido y eficaz de hacerlo es trabajando juntos. La distribución a gran escala de una vacuna eficaz es la intervención que más ayudará a reiniciar la economía mundial, cuya urgencia no puede ser mayor: cada mes se evaporan $ 375.000 millones. Hasta ahora la dirigencia internacional comprometió $ 8.000 millones a la financiación del proyecto Acelerador del acceso a herramientas contra la COVID-19, un acuerdo mundial de cooperación para el desarrollo de medios de diagnóstico, medicamentos y vacunas. Pero es solo una minúscula parte de la inversión que se necesita para llegar lo antes posible a la producción a gran escala de una vacuna. En el desarrollo de vacunas o drogas, menos de la décima parte de las candidatas que ingresan a la fase de ensayo clínico llegan a obtener la autorización de uso. Y conseguida esta, el aumento de la escala de producción a los niveles necesarios supondrá muchas otras incertidumbres. La colaboración internacional ofrece básicamente cuatro beneficios: primero, permite a cada país reducir el riesgo de no invertir en la vacuna correcta. Diversificando la inversión en una amplia cartera de soluciones tecnológicas cada país tiene más chances de acceder a una vacuna que funcione. Pero no basta que la cartera sea grande; también tiene que ser coordinada, porque actuando en forma conjunta, los países participantes pueden obtener mucha más diversificación que por separado. Segundo, la colaboración internacional permite aunar más recursos, lo cual es necesario para aumentar la escala de la inversión en capacidad productiva. Tercero, la coordinación global reduce el riesgo de interrupciones de las cadenas de suministro. Así como la escasez de hisopos y reactivos demoró los testeos de coronavirus, la escasez de frascos, biorreactores y adyuvantes (sustancias que mejoran la reacción inmunológica del organismo a una vacuna) puede demorar el despliegue de nuevos tratamientos y vacunas. La producción biofarmacéutica depende de una red global hiperconectada. Sin coordinación internacional, los controles a las exportaciones que se impusieron en respuesta a la pandemia pueden dificultar un aumento oportuno de la escala de producción. Un esfuerzo global coordinado brindará los recursos necesarios para anticipar y mitigar cuellos de botella en cadenas de suministro, y para reasignar ingredientes y materiales esenciales a las vacunas candidatas que obtengan la mayor prioridad para la producción en masa. Cuarto, para maximizar los beneficios sanitarios y económicos de una vacuna es necesario que en todos los países se priorice la inmunización de trabajadores sanitarios y poblaciones vulnerables. La colaboración internacional permitirá a los países participantes aplicar una estrategia de vacunación orientada a las necesidades, lo cual es crucial para terminar la pandemia lo antes posible y reiniciar el comercio y el movimiento internacional de personas con mínimo riesgo de reintroducir contagios desde el extranjero. Los países. Un esquema privatista que limite el suministro a un pequeño número de candidatas puede fracasar y el país en cuestión tendrá que volver a foja cero. La colaboración internacional beneficiará incluso a aquellos países que tengan un programa de inversión unilateral. Si sus candidatas fallan podrán aspirar a una vacuna de la cartera diversificada internacional. La COVID‑19 exige desarrollo de herramientas médicas de una rapidez y escala nunca antes vistas. Solo una respuesta global puede lograrlo.